Capítulo 4.2 – El Custodia

 

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Capítulo 4.2 – El Custodia

 

– ¿Es que lo atraemos o qué? – preguntó Akira.

– O ello nos atrae a nosotros. – dije yo. – Es raro, tiene un mordisco, y sangre alrededor, pero no está seca. Parece obra de una bestia, y la policía lo atribuiría a algún lobo, o lo que fuera, pero…

– En vez de ser un vampiro, podría ser un asesino en serie.

– ¿Lo investigamos?

– Sí, por qué no.

– Porque tenemos un día para hacerlo. No vamos a descansar nada.

– Siempre he preferido la noche.

– Yo también. Más íntima, más especial.

– Más alcohol, más mujeres promiscuas. – sonrió. Le correspondí la sonrisa, aunque un sentimiento dentro de mí me alertaba sobre algo peligroso. ¿Qué sería? Me sentí observado, como si algo me estuviera poniendo a prueba. Deseché mis pensamientos y me centré en lo que pasaba.

– Sancho, ayúdanos a hablar con esta gente.

– Están demasiado horrorizados como para hablar. – dijo.

– La policía no tardará en llegar… – respondí yo. – Tenemos coartada. Sin embargo… no parece un pueblo donde haya móviles, o incluso teléfonos. – observé a un buen hombre cogiendo su coche. Iría a la ciudad a avisar de lo que acababa de suceder. Eso nos daba ventaja.

– ¿Qué tal si usas eso…? – preguntó Cris señalando el medallón.

– ¿Esto? No sé si puede usarse. Hasta hace poco desconocía parte de su poder. Sé que desintegra a vampiros milenarios, pero no si puedo usarlo para encontrar algo sobrenatural.

– Prueba, a ver.

Me encogí de hombros. Lo agarré, cerré los ojos, y me concentré en que me “iluminase” el camino. No sucedió absolutamente nada. Volví a encogerme de hombros.

– Lo que esperaba. Vamos, a la antigua usanza. Sancho, pregúntale a la mujer que la vio así. Diles que somos policías. Akira, ve a por material. Placas falsas, y algún arma. Cris, conmigo. Vamos a interrogar.

– ¿Desde cuándo soy tu criado? – preguntó Akira.

– Desde que tienes el pie hecho un cristo.

– ¿Te recuerdo por…? – “culpa de quién ha sido”, seguramente fuera a decir, hasta que recordó que Cris escuchó otra versión de la historia. – ¿Te recuerdo por qué lo tengo así?

– Por abrir puertas a lo loco.

– Exacto. Las puertas son más duras que estos bichejos.

– Por eso necesitamos las armas. Venga, ve a por ellas, ya te contaré.

Negó con la cabeza, eso sí, sonriendo, y se marchó a por ellas. Me giré para ver la conversación de Sancho con la chica. Al cabo de unos minutos me dijo:

– Está perpleja.

– Ya, se nota.

– Es… o era, la hermana. Me ha dicho que se la encontró así al volver de hacer unos recados.

Alcé una ceja.

– ¿Unos recados? ¿A estas horas? ¿Qué tipo de recados?

Le preguntó, y me respondió: “personales”. Suspiré, me mordí el labio inferior para arrancarme trozos de carne seca y provocarme una herida inútil, y le dije:

– ¿Sabe de alguien que quisiera matarla?

Sancho lo tradujo. Negó con la cabeza. Entonces me fijé más en ella. Tenía el pelo alocado, la falda mal puesta, y un botón mal abrochado de la camisa.

– Esta pava ha follado.

– Pues espera, que le meto bonus, a ver si pico algo. – de repente dijo Akira, quien ya había vuelto. Muy rápido el chaval.

– Claro, su hermana ha muerto y tú quieres darle caña, mira a ver.

Sonrió. Les enseñamos las placas, les dijimos que éramos investigadores privados, y se mostraron más participativos.

– Al parecer la difunta está casada. Digo, estaba. – dijo el cura.

– Muy bien, Sancho. Pregúntale dónde anda el marido.

– Dice que no sabe. 

– Busquémoslo. Podría ser un caso de violencia de género. Sancho y Akira por un lado, Cris y yo por otro.

– No eres listo ni nada. – dijo Akira.

– Claro, yo me voy con la guapa.

– Y yo con la virgen.

– Oye, tú qué sabrás de mí. – el cura se indignó. Teníamos un cadáver al lado, y ni nos inmutábamos. Estábamos de cháchara como quien va al mercado a cotillear y a bloquear los pasos estrechos de puesto en puesto, poniendo verdes a vecinas con las cuales ponen a parir a otras vecinas y las cuales las ponen a parir con otras vecinas. Lo dicho, un bucle sin fin.

La hermana, sin darse cuenta, se había llevado una mano a su entrepierna. Estaba como conteniéndose, o rozándose recordando algún suceso. Necesitábamos encontrar a su amante también. Entonces una idea brilló por mi mente.

– Akira, espera, antes de separarnos. Mírala, está excitada. ¿Crees que podría haber sido un íncubo?

– No tengo ni idea. Chs, eh, ven aquí. – le dijo. Ella se levantó y anduvo hasta nosotros, casi cojeando. – Le han petado el culo de lo lindo.

– Sancho, dile que nos confiese con quién ha estado. – pedí.

– Nada, me dice que con nadie.

– Dile que o nos lo dice, o la llevamos detenida por obstrucción a la autoridad.

– Dice que… está deseando que le coloques las esposas.

Por un momento Cris enrojeció. ¿Serían celos? Me subió la moral. Sonreí. Aunque… mierda, no quise sonreír por lo que dijo esa mujer, sino por pensar que Cris quería algo conmigo. Akira díjome:

– ¿Ves como sí que quiere mandanga?

– Le pasa algo, fijo. Está muy excitada, y su hermana acaba de morir. Quizá la han drogado, o algún ser le haya hecho algo. Sancho, llévatela al cuarto de la posada. Custódiala, ¿vale? ¿Sabes usar armas?

– Sí. Mi maestro nunca quiso enseñarme del todo, pero yo fui aprendiendo por mi cuenta.

– Bien, pues coge alguna pistola con balas de plata de la mochila. Confiamos en ti.

Se marcharon. Miré a Akira, y entonces recordé varios sucesos antiguos e historias de vampiros que había leído.

– ¿Sabes qué pienso? – le pregunté retóricamente.

– ¿Que el Cristian hoy moja?

– No, joder, que podría ser un Moroi.

– Me tendrías que haber dicho a mí lo de vigilarla.

– ¿No querías acción? Pues toma acción.

– ¿Más acción de la que me daría ella?

– Bueno, hazme caso. Te necesito, podría ser un caso serio.

– ¿Qué hay de si fue ella quien la asesinó? ¿Y si mata a nuestro amigo?

– Mierda, joder, no lo había pensado. Ve detrás de ellos, y hazle alguna comprobación de que no sea sobrenatural, o esté poseída, o algo.

– ¿Por qué yo todo?

– Porque yo voy a buscar al marido. No tenemos tiempo que perder. Venga, cada uno a una cosa. Cris, conmigo, no te separes de mí.

– No, que igual te esposan a una cama. – dijo borde. Me siguió subiendo los ánimos. ¡Estaba celosa!

– Sí, y si no eres tú, sería violación. – contesté, intentando arreglar el asunto. Le volví a sacar los colores. Fuimos por el pueblo. – Maldito Sancho, es que tiene la llave de todo. Habla catalán, pero quiero que custodie a la mujer.

– ¿Y por qué yo no?

– Porque no sabes usar un arma, no te desenvolverías bien en una situación de peligro, y quiero que estés a mi lado.

– Haber dicho eso último, que lo demás sobraba.

Nos sonreímos. Luego agité la cabeza y me concentré en lo que nos atañía.

– ¿Por qué no la custodia Akira?

– Lo necesito conmigo, aunque ahora estamos solos.

Fuimos mirando por el pueblo, buscando a un hombre cuyo rostro desconocíamos. Era la excusa perfecta para estar con ella un rato. La gente nos miraba raro, cuchicheando Dios sabe qué. Nos alejamos del pueblo y nos adentramos en el bosque. Me senté en el suelo y me posé en un árbol. Ella se sentó junto a mí también. Nos miramos un rato hasta que me preguntó:

– ¿Qué es eso del Moroi?

– Se me va a manchar la gabardina. Es que yo también… – murmuré. La miré y dije: – Es un vampiro del este de Europa, el cual… A ver cómo te lo digo… Es un vampiro sexual. Liga mucho, y atrae tanto a hombres como a mujeres. Se los chinga, les puede pegar alguna enfermedad, y se larga. Así se alimenta, con energía sexual. Aunque no sé cómo encajarlo con la muerte de la chica, porque no necesita sangre.

– No parece que la bebiera. La mató, y ya.

– Pero, ¿por qué? ¿A qué fin? Bueno, ¿viste a la hermana, que cojeaba?

– Sí.

– Es porque el Moroi mantiene relaciones sexuales por el ano. La visión de una vagina, paradójicamente, lo espanta.

– ¿Qué? Buf, qué asco.

– ¿Asco? ¿Por lo anal? No sabes lo que te pierdes. Ñam, ñam. – reí, aunque tenía algo de verdad. Sí, yo era un romántico, y hacía el amor, pero eso no quería decir que no me hubiera dejado llevar por la lujuria y la pasión en algún momento de mi vida. Eso sí, en pareja siempre, no con desconocidas.

– Si lo veo, ¿me seducirá?

– Te parecerá atractivo, pero no creo que te seduzca, porque ya sabes que es un vampiro y eso te echará hacia atrás. A menos que te guste ese rollo.

– Me gustan más los chicos malos en gabardina. – sin duda, había química entre nosotros. ¿Química, o física? – ¿Cómo supiste que es ese vampiro?

– Estudié mucha mitología de todo tipo cuando me inicié en este mundo. No sé por qué lo he relacionado con esto. Es decir, vampiro y sexo, al parecer anal, y pum, me vino a la mente. No sé qué pintaría aquí, pero Akira tiene razón, es como si lo atrajéramos.

– O tú tienes razón, es como si vosotros fuerais a ello. Mira mi vida, nunca había visto algo así. Ni yo ni nadie, y es estar con vosotros y de pronto muchísimos casos. Como nadar en una pesadilla. ¿Por qué?

– Porque ya tenemos experiencia, y sabemos a dónde ir.

– No lo creo. ¿Cuánta gente ha buscado toda su vida lo paranormal y murió sin hallar nada?

– Esa gente no sabía cómo buscar.

– Ah, y tú te guías sobre lo que leíste de crío, ¿no?

– Pues sí, ¿sabes por qué? Porque creo que nací para esto. Porque la matanza de mis padres y los padres de mi mejor amigo me parece que fue una excusa para abandonar todo el amor que una vez sentí y ser una masa de odio. Nací guerrero, me desarrollé guerrero, soy un guerrero, y moriré siendo un guerrero.

– ¿Excusas tu dolor diciendo que te hace más fuerte para combatir a estos monstruos?

– Sí. No debíamos habernos alejado del pueblo, Akira debe de estar buscándonos.

– ¿No crees que será por el medallón? Leí algo de magia. Depende de tu forma de ser y de pensar, eliges un camino u otro. Es como si vas por una dirección y hay una bifurcación. Un camino a la derecha y otro a la izquierda. Si tienes mala leche elegirás el izquierdo y te encontrarás con algo que te enfade todavía más. Si vas feliz, elegirás el derecho y llegarás sano y salvo a casa. ¿No crees que sea eso?

– No. Este amuleto me hace tener libre albedrío. Me han puesto miles de maldiciones y mírame, aún no he muerto. La magia me hace intocable.

– Ya, pero porque el amuleto tiene magia en sí mismo, y es quien te hace elegir el camino para llegar a estos sitios. Venga, antes de venir aquí te saltaste tres pueblos, ¿por qué justo éste? ¿Por qué justo donde sucede esto?

Rasqué mi cabeza. Extrañé mi sombrero. Le dije:

– Es algo que me he preguntado miles de veces, y que se lo he dejado caer a Akira. No nos preguntamos por qué, simplemente hacemos lo que hay que hacer. Además, yo quería un pueblo en el monte, por eso elegí éste.

– ¿Cuántas veces habéis estado a punto de palmarla?

– Muchas.

– Y seguís vivos. ¿No creéis que es por el amuleto?

Me encogí de hombros.

– A eso vamos a Francia, a investigarlo.

– Es que… es tan raro… No sé cómo decirte… Háblame del Moroi.

– ¿Qué quieres saber?

– ¿Te has enfrentado a alguno?

– No, ni siquiera sé que existen. No sé cómo se lo mataba. Corazón o cabeza, como casi todos. Y, lo dicho, una vagina lo espanta.

–  Vaya. ¿Mataste algún vampiro más?

– Sí, a un par. Eran de razas distintas, pero en el fondo lo mismo. El último que maté se desintegró cuando le coloqué el medallón encima. – en sus ojos pareció brillar la ambición, o admiración, no supe distinguirlo.

Y, hablando de vampiros, se empezó a escuchar algo parecido en catalán. Gritos que decían: “puto vampir, puto vampir”, y golpes procedentes del bosque. Acudimos corriendo, alumbré con una mini linterna y apunté con la pistola. Un hombre mayor, con barba y pelo largo castaños, camisa a cuadros roja, pantalones rasgados y botas estaba enfrentándose a un vampiro, alto, tez blanca, ojos verdes y pelo negro. ¿Sería el Moroi, tal y como yo pensaba?

– ¡Parad! – grité. El vampiro me miró, y el hombre se le encaró, yendo a atizarlo con una pala. El vampiro se deshizo de él de un golpe. El hombre rebotó contra un árbol y cayó al suelo. Tenía la boca llena de sangre.

– Está loco, no es mi culpa. – dijo el vampiro.

– Sé reconoceros. – dije.

– ¿Cómo?

– Has mirado el medallón, y en tus ojos brillaron unas llamas. Dime, ¿por qué mataste a la chica?

– ¿Qué? ¿Matarla? ¿Yo? Tuvimos una noche loca, el marido se puso celoso, y gritó algo como: “¡Si te gusta tirarte a vampiros yo te daré vampiro!”, y la mordió. Luego me buscó, y ahora voy a acabar con su vida.

– No, espera. Si es así deja que la policía se lo lleve.

– No quiero. Me ha quitado una muchacha excelente.

– ¿Y la hermana?

– No me gusta tanto, lo tiene muy apretado.

– Cabrón, voy a matarte. Desde que llegaste sólo trajiste desgracias, adulterios, y… – iba diciendo en español el hombre que estaba mareado y a punto de desmayarse.

– Yo no obligué a nadie. Sólo fui su tentación, y ellas cayeron en mí. Mmm, por cierto, chica, ¿cómo te llamas? – le preguntó a Cris.

– Cristi…

Entonces quien se puso celoso fui yo.

– Déjala, no te pases. Vete, y no vuelvas.

– Oh, vaya, ¿me dejas marcharme? ¿Realmente? ¿Un cazador? No quiero irme. Voy a hacerme con el culito de tu querida delante de ti, y luego me marcharé.

No dejé que siguiera hablando. Le disparé, pero esquivó las balas. Se acercó a mí, me lanzó volando, y se puso delante de Cris. No, ¡bastardo! Tenía miedo de que se la llevase y le hiciera de todo. No, no, no. La imagen en mi cabeza no lo soportaba. Mis ojos temblaron llenos de odio. Y Cristina… Dios, ella… se dejaba… Fue bajándose los pantalones. El Moroi se relamió. Iba a ponerle las manos encima cuando ella pegó un salto hacia atrás y se los bajó de golpe, enseñándole la vagina. El Moroi se quedó paralizado. No lo ahuyentó, sino que lo inmovilizó. Fui a por mi pistola y le disparé en la cabeza, en el corazón, y en la entrepierna. No se inmutó. Fui a acercarme a él cuando Cris dijo:

– ¡No! ¡No me mires!

Estaba demasiado ocupado salvándote como para mirarte, querida. Cogí una daga plateada pero, como Cris se había movido, el vampiro reaccionó. Fue a golpearme cuando Akira le encajó otras balas en los brazos. Corrió donde el hombre seminconsciente y lo tomó de rehén.

– Qué vergüenza… – decía Cristina mientras se subía el pantalón.

– Hijos de puta. – dijo Akira. – Montáis una orgía y ni me llamáis.

– Idiota. – le respondí. No le quitábamos el ojo de encima al vampiro, quien sostenía al hombre. Yo había vuelto a empuñar la pistola, y apuntaba hacia su cabeza.

– Dejadme ir, y olvidaremos esto. – pidió. Entonces me importó todo un comino. Al fin y al cabo, el marido era quien la había matado. Disparé a bocajarro, atravesando también al hombre, y dejando al Moroi tan debilitado que me acerqué a él a paso y lento y le clavé la daga en el corazón, girándola hasta reventárselo. Después lo decapité, y le clavé una cruz en la frente.

Akira se acercó, mirando al hombre que yacía en el suelo.

– El Moroi iba a matarlo sí o sí. Además, era el asesino. – dije yo.

Pero a Akira eso no le importaba, sino mi frialdad al haberlos matado. Cristina rompió el hielo diciendo:

– ¿Qué tal he actuado? ¿Bien? ¿Valgo para esto?

– No me lo esperaba para nada. – respondí. – Apenas te dije algo de información y te arriesgaste.

– Confío en ti. – me sonrió. Le devolví la sonrisa. La gente acudió debido a los gritos y disparos.

– Creo que es hora de largarse. – dije. – Al menos cenamos algo. Vamos a por Sancho y nos piramos a todo correr.

Pero al volver nos encontramos una imagen que nos impactó más. El cura estaba empotrando a la chica a la que tenía que custodiar. Olé por él…

  

 

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