Capítulo 11.3 – El Calor de Cuerpos Apagados

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Capítulo 11.3 – El Calor de Cuerpos Apagados

 

Llevamos a los “rehenes” a la planta de arriba de la taberna, donde el tabernero, seguramente, residía. Nos cerramos por completo, y apagamos las luces. Marc se encargó de vigilar con su rifle de francotirador las calles. Solía pasar un extraño o dos. Incluso también adolescentes que se veían a escondidas. Lo curioso es que casi todos vestían de negro. Recordé las palabras de mi amigo diciendo que por cada minuto que estábamos ahí, era un minuto de espera más para Cristina. Todo tenía que acabar rápido y yo volver a su lado.

– Haremos esto por las malas.

Bajé a la cocina y volví armado con dos cuchillos. La mujer, que seguía atontada, se quedó mirándome fijamente, con el miedo metido en el cuerpo. Junté los cuchillos, raspándolos y produciendo un sonido que le erizó los pelos. Llevé uno de ellos a la boca, pidiéndole silencio. Le quité, con el cuchillo, el trapo de la boca, ocasionándole una herida. Su sangre se deslizó por su cutis. Se lo lamí, dejándole mi saliva en su lugar, y le pregunté:

– ¿Quién es Ordari’el?

– Un ángel caído.

– ¿Me tienes más miedo que a él?

Negó con la cabeza. Aun así, estaba realmente asustada.

– ¿Cuál es el plan de tu secta?

– Resucitar a Rymadi’el.

– ¿Por qué?

– Porque entre los cuatro ángeles caídos traerán el apocalipsis.

– ¿Cuatro? ¿Como los jinetes?

– Sí.

Me encogí de hombros.

– ¿Dónde están los wiccanos?

– No puedes hacer nada por ellos, ya fueron sacrificados. Se necesitaba sangre de distintas personas, muchos de ellos vírgenes.

– Hmpf, ¿y el español que vino a visitaros?

– No sé, se marchó del pueblo.

– Dime la verdad.

– ¡Es la verdad!

Pude leer en sus ojos que no mentía. Fuera como fuese, deslicé el filo del cuchillo por su cuello, abriéndoselo y derramando su sangre.

– Y tú, dime, ¿por qué mueres? – le pregunté mientras su vida se le escapaba. Marc se giró, sorprendiéndose.

– ¿Qué coño…?

– Mataron a los que raptaron como sacrificios. No merecen la vida.

Alcé el cuchillo para hendirlo en el cuello del tabernero, pero Marc me detuvo.

– No, no dejes que te controle.

Lo miré a los ojos directamente.

– Hay ángeles caídos sobre la Tierra, y otro de ellos va a resucitar. Son cuatro, como los jinetes, y el mundo se va a ir a la mierda. El calvo éste quiere morir junto a todos, así que concedámosle su deseo, parcialmente. Lo matamos. Morirá solo, pero, oye, busca la muerte, ¿no?

Su mano paraba mi brazo, pero dejó de hacer fuerza. Volvió donde el rifle, y yo le clavé el cuchillo, dejándoselo atascado. Me iba a ir del cuarto cuando Marc dijo:

– ¿Y me dejas con los cadáveres?

– Cuando empiecen a oler estaremos lejos.

– Espera, ¿matarás también a los chavales?

– Depende, de si interfieren en mi camino, o no. Lo primordial es encontrar a Akira.

Suspiró larga y profundamente.

– Yo te cubriré.

– Gracias, cuento con ello. También mantén un ojo abierto. Si la Wicca aparece por aquí, los mataré sin dudar.

– Espera.

Me quedé en el marco de la puerta, aguardando su pregunta.

– ¿Qué es la maldición?

– Dejo de sentir, para sólo tener unas ansias por matar.

– Pero si sabes que es perjudicial, ¿por qué le haces caso a tus ansias?

– Porque merecen morir, ambos bandos, y aprovecho mi estado para hacerlo.

Y me fui. Preparé el fusil y me deslicé entre las sombras de aquel pueblo como si otra sombra fuera yo. Entré en una casa, asesiné al marido a cuchillo, e interrogué a la mujer. Eran más fáciles a la hora de cantar. Pero también me dijo lo mismo, que no había visto a Akira. Otra que añadí a mi lista de asesinatos. Fui casa por casa. Ninguno se dio cuenta. Irrumpir era demasiado sencillo. Nadie me vio, nadie me delató, todos murieron. Me fijé en los adolescentes echando un casquete casi entrando al bosque. Estaba realmente oscuro. Me acerqué a ellos para preguntar.

– ¿Habéis visto a un español?

– Tío, ¿qué coño? – preguntó el pavo, al que, cuando se giró, se le encogió toda la cosa al verme con las armas.

– ¿Lo habéis visto, o no?

– No, no… Déjanos, por favor.

– ¿Qué sabéis de Ordari’el?

Miré al muchacho, y ella aprovechó para aproximarse a su pantalón, tirado en el suelo, y sacar una pistola. Fui más rápido que ella. Le disparé en toda la cabeza, ensuciando con su sangre el cuerpo desnudo de su novio, que se derrumbó al verla morir. Me acerqué a él y le clavé el cuchillo en el corazón. Se lo rompí metafórica y literalmente.

De pronto escuché el sonido de una pistola cargándose, y me giré, encañonando al desconocido. El estruendo de mis disparos lo había acercado hasta mí. Era…

– ¿Pero qué cojones? – preguntó mi queridísimo amigo Akira.

– Te estaba buscando.

– Joder, ¿por qué los mataste?

– Ella iba a matarme.

– ¿Y él?

– No me habría perdonado y me habría buscado para vengarse.

– Joder, M, ¿qué te pasa?

– No lo sé. O sea, sí, lo sé. Los de la Wicca han aumentado mi maldición para que me vuelva un capullo sin escrúpulos. Coño, ¿y tú qué? ¿Dónde pollas andabas?  

– Verás… No recordaba que los ingleses tienen las señales al revés y me hice un lío, y me fui a la parte del bosque que no era.

Me quedé a cuadros, mirándolo boquiabierto, y la mirada desorbitada.

– ¿En serio? ¿Me estás diciendo que he matado veinte personas buscándote y estabas en el puto bosque perdido?

– ¿Qué? ¿Has matado a veinte personas?

– Eran veinte satánicos hijos de puta que sacrificaban personas.

– ¿Te cercioraste de que fueran malos?

– Más o menos.

– ¿Cómo que más o menos?

– Al principio sí, luego ya… – se oyó un disparo que distrajo nuestra atención de la conversación.

Nos acercamos a hurtadillas, cubriéndonos en la pared de un edificio.

– Explícamelo. Aunque estén al revés, ¿cómo te liaste? – le pregunté.

– Tío, no sé, me hice el lío y punto.

– ¿Has fumado porros?

– ¿Qué? No, joder, no, coño. Dios, huelo la sangre derramada desde aquí.

– Qué puto exagerado.

Asomamos los hocicos para mirar lo que pasaba. Los de la Wicca habían llegado, y Marc se había cargado a uno de ellos, cuyo cuerpo yacía en el suelo.

– ¡Tenemos a vuestro amigo! – gritó uno. – ¡O salís de vuestra madriguera, o lo mataremos! – gritó refiriéndose a Chorro. Le conté lo sucedido a Akira.

El hombre no contaba con que no maté a todos los de la secta, los cuales empezaron a dispararles. No sabíamos dónde estaban, ni quién era quién. En ese momento todos eran enemigos, excepto Marc y Akira, aunque quizá yo para ellos lo fuera.

Nos colamos en una casa, donde estaban los cuerpos de tres personas, y nos refugiamos detrás de las gruesas paredes. Le di un toque a Marc.

– ¿Qué pasó? – le pregunté.

– Los vi llegar, y apreté el gatillo. Creo que se pensaban que los habíamos matado a todos. Son más de dos, por cierto.

– Me cago en la hostia. Tienen a Chorro. Vale, éste es el plan. Ve a otra habitación, cúbreme desde ahí, intentando no revelarte, y Akira los distraerá desde aquí pegando tiros a diestro y siniestro mientras me acerco a ellos.

– ¿Lo encontraste? ¿Dónde estaba?

– En el bosque perdido. Sí, hijo, sí. Yo también lo flipé.

Me miró de una forma que daba más miedo que la mía. Colgué, y comenzó nuestro patético plan. Fui, agachado, hasta la casa de donde procedieron los tiros. Todo el pueblo estaba en guerra. Un pueblo de zombis, otro de satánicos, y sin contar la manada de lobos. ¿Qué coño sería lo siguiente?

Agachado, una bala pasó por encima de mi cabeza, llevándose mi sombrero precioso.

– ¡Era nuevo, hijos de puta! – grité en español. A la mierda el factor sorpresa. – Ups… – murmuré.

– ¡Español, ¿por qué no los has matado?! – preguntó uno de la Wicca.

– ¿Te crees que puedo con todos?

Me quedé detrás de una pared, temiendo que me encontrasen o una bala me llegase de rebote. Algo se movió en el bosque, asustándome. Pensé que era el fin. Que algo surgiría y me pegaría tres tiros. Cerré los ojos preparándome para ellos, pero los matorrales siguieron moviéndose. Una cabeza se asomó. De entre toda la oscuridad pude distinguirla. Era… ¡Cris!

No, tú no. Te dije que esperases, que esto te quedaba grande. Te dije que no vinieras, te… No, por favor. Una bala puede llegar, joder. Me lo prometiste. Yo…

Dejé de pensar. Descolgué mi AK47 y comencé a disparar a todo aquél que tuviera delante. Donde viera ráfagas de disparos venir hacia mí, ahí disparaba. Por milagro divino, o por pura suerte, no recibí ni un tiro en los diez segundos que estuve expuesto. Marc fue deshaciéndose de ellos. Yo era el cebo. Akira hizo un poco de ruido, pero al ver que no conseguía nada vino hasta mi posición.

– ¿Qué coño te pasa, M?

– Cristina está allí. Cúbrela desde aquí, por favor. Cuento contigo.

– Tú… ¿A dónde vas?

– Ella me prometió esperarme, y yo que volvería. Ha roto su promesa, ya no me importa romper la mía.

Me asomé a lo loco, sin pensármelo dos veces. Escuché un par de disparos de Akira, y entonces me siguió. Iba a detenerme pero al ver que teníamos a satánicos y wiccanos delante les disparamos como si fuéramos los protagonistas de una película de acción americana. Las balas volaban a nuestro alrededor, sin alcanzarnos. Pero no, no era una peli americana, porque nosotros tampoco les dimos ni una. Akira decidió apartarme y me dijo:

– No era Cris, tío. Deja de ver alucinaciones. Sacó una escopeta y se dirigía hacia nosotros para matarnos.

– ¿Qué? ¿Quién coño era?

– No lo sé, la maté, pero deja de ver cosas que no hay.

– Deberíamos llamarla.

– Sí, claro. Veinte mil disparos y tú a decir: “hola, cariño, ¿hiciste ya la cena?, espera un momento, que me cargo a un tío que no me deja hablar tranquilo”.

– Exacto. – dije sacando el móvil. Marqué su número y me contestó aterrada.

– M, ¿qué pasa?

– Tranquila, mi amor, estoy en plena matanza. Quédate ahí, por favor, ni se te ocurra moverte. Te quiero.

– Te quiero.

Colgué. Esa vez sí que había escuchado su frase de amor. Sonreí, satisfecho. Las balas cesaron. Reinó un silencio que asustaba más que el ruido de los disparos.

– ¿Crees que las vamos a espichar? – le pregunté.

– ¿Te preocupa?

– Algo. Si me quito el medallón me preocupará menos.

– No puede dejar de preocuparte. Cristina te espera, y le prometiste volver vivo.

– Sí… vivo. Coño, ahora que lo pienso…. ¡Wiccanos! – grité, y empecé a hablar en inglés. – ¿Cuántos satánicos quedan?

– Dos. Uno en la taberna, otro en el granero.

– El de la taberna es de los nuestros.

– Mató a mi amigo.

– Vosotros nos traicionasteis. Nos cargamos al del granero si dejáis a mi amigo irse.

– Hacedlo, y lo pensaremos.

– Nos están viendo. – le dije ya en español a Akira. – Tienen visiones térmicas. Así pueden detectarnos.

– ¿La chica dónde está? – preguntó el guardia, alterándome.

– Fuck you! – le grité. Ya me enfadé y fui a por él, embalado. Disparó, atravesando la gruesa pared. Su tecnología era asombrosa. La bala rozó mi gabardina, rompiéndola. – Joder, ¡era nueva!

– ¡Quieto o mato a tu amigo!

De pronto se oyeron disparos en la casa, y no iban dirigidos hacia mí. Entré, derribando la puerta de un patadón, y busqué al guardia. Uno yacía muerto, seguramente de un disparo de un satánico, y el otro…

Sangre abundaba por el suelo. Era la de Chorro. Mi amigo estaba tirado en el suelo con una herida de bala terrible en el costado. A su lado el guardia calvo, muerto de un impacto de bala en la cabeza.

– Amigo, no te mueras. – le dije, agachándome. – Amigo, por favor.

– Calla… Hazla feliz, y deja de ser tan idiota. Has tenido suerte, pero no dura para toda la eternidad…

– No, Chorro, no la palmes, joder. Eres muy puto amo para morir.

– No me follé a la vieja, lo juro…

– ¿Eh?

Y cerró los ojos para sumergirse en el sueño eterno. El cura había dejado esta vida. Luchó en el final, por salvarme a mí, seguramente. Me retiré unos pasos hacia atrás y caí de culo. Miré a través de la mira térmica del fusil que el guardia tenía en sus manos. Akira se había encargado de la chica del granero. El puto pueblo estaba perdido. Había un satánico con el calor de su cuerpo apagándose. Y mi amigo Chorro… Hostias, ¡seguía vivo!

– ¡¡¡AKIRAAAA!!! – grité con todos mis pulmones. Vino corriendo para atender a Chorro con su típico botiquín.

– Tenemos que extraer la bala. ¡Busca un par de pinzas!

– ¿Dañó algún órgano?

– No, ninguno.

Le lancé las pinzas desde el baño, que conectaba con el salón de la casa donde mi amigo estaba tirado. Akira las cogió al vuelo, las desinfectó, y las metió en su piel.

– Buen paciente, no se queja. – dijo.

– Está desmayado, normal.  

– Si puedo bromear es porque lo salvaremos. Debe de ser su primer tiro. ¿Recuerdas el tuyo? Vomitaste muchísimo y creíste que ibas a morir. Llorabas como una niña.

– Y tú en el tuyo te liaste un porro a todo correr y mal hecho, queriendo disfrutar de tu última calada.

Ambos reímos. Mientras Akira fue extrayéndole la bala, la cual no se fragmentó ni hizo daño alguno irreversible, recibí una llamada de Marc. Akira cosió la herida del cura, y yo le conté la situación:

– El pueblo ha sido exterminado.

– ¿Y ahora?

– Ahora vamos a ir a por la Wicca…

 

 

 

 

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