Capítulo 2.3 – Corazón de Dios

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Capítulo 2.3 – Corazón de Dios

 

Teníamos que apresurarnos. Aquel viejo era más osado que nosotros dos juntos al querer enfrentarse a aquel vampiro, posiblemente con más de mil años de edad, y bastante obcecado a la hora de querer trabajar en solitario. Arrancamos el coche y patrullamos por la ciudad intentando conseguir algún indicio de dónde se hallaba el vampiro.

El plan era muy arriesgado. Íbamos a prepararle una trampa con cadenas de plata, las cuales lo retendrían. La plata, al contacto con su cuerpo o su sangre, lo quemaría y dejaría impedido. Entonces o le clavaríamos una estaca, o lo prenderíamos con fuego, o lo dejaríamos a la luz del sol.

Tenía mucho sueño atrasado y me encontraba bastante cansado. Puse algo de música en el coche para intentar desperezarme, pero sólo me incitó aún más a dormir. Me mordí la uña de mi dedo corazón sin llegar a partirla con los dientes, sólo rozándola. Me agitaba un tanto nervioso.

– ¿Qué te pasa? – me preguntó Akira.

– Tengo un mal presentimiento. – aunque mis presentimientos no eran tan mortales como los suyos.

¿Dónde se hospedaría aquel ser? ¿En algún motel? ¿En alguna casa? De pronto se me ocurrió la respuesta a mis dudas.

– Un momento. V nos debe de haber olido. ¿Entiendes eso…?

Akira comprendió. Buscamos una casa abandonada y dimos con una a las afueras. Estaba apartada de todo el pueblo, me recordó donde se hospedaba el líder sátiro.

Entramos. Estaba hecha de madera, y en su interior muebles repletos de telarañas decoraban las habitaciones. Decidimos montar la trampa en el sótano. La pusimos de tal manera que cuando el vampiro se acercase a alguno de nosotros le saltase y lo apresase. Pero no pusimos una trampa, sino dos, para asegurarnos. Eran cadenas de plata, como bien mencioné antes, las cuales llevábamos en el maletero.

Tras haber montado la trampa subimos al salón de la casa. Estábamos seguros de que vendría a por nosotros tarde o temprano. Lo que nos preguntábamos era si él sabía que le habíamos preparado la trampa o no.

Esperamos, y esperamos, y esperamos. El vampiro no venía y las temperaturas decrecían. Hacía un frío que consiguió hacerme tiritar y rechinar los dientes. Por fin notábamos que algo se acercaba. Algo estaba acechándonos.

De pronto la puerta principal fue derrumbada de una patada. Pablo, y su pupilo Cristian, entraron armados con unas pistolas.

– ¿Qué cojones…? – preguntó Akira.

– Os hemos seguido pensando que daríais con el vampiro, y no habéis tenido éxito. Dadnos el colgante u os coso a tiros. – amenazó Pablo, muy decidido. Y entonces lo vi. De reojo. Akira también se percató. De hecho, fue él quien me hizo un leve gesto con la mirada para indicarme que estaba allí.

En un recoveco oscuro de la casa había una figura sombría, con unos ojos rojos inyectados en sangre, que nos estaban observando. Y teníamos que fingir que no estaba allí. Por primera vez desde hacía mucho temí a un ser como aquél. En cualquier momento podría saltar hacia nosotros y descuartizarnos. Pero eso no me asustaba. Me asustaba que estuviese allí, en aquella esquina oscura, que hubiera estado allí desde el principio, que nos estuviera observando…

Me quedé congelado unos segundos. Si tenía miles de años no sería difícil para él descifrar que me había dado cuenta de su presencia. Caminé hasta el sótano, sin decirle nada a nadie, y comencé a bajar las escaleras.

– ¡Eh! – gritó Pablo disparando a mi lado. Suspiré aliviado al saber que no llevaba el sombrero. No podría haber permitido que lo hubiese agujereado. – Quietecito. La próxima vez dispararé a tu cabeza.

Yo estaba justo en el primer escalón que bajaba hacia el sótano, por lo que le dije:

– Cógeme, si puedes. – y me lancé por las escaleras. Me disparó dos veces, fallando. Un maldito cura, ministro de Dios, disparándome para matarme y quitarme el amuleto. Mi cuerpo resistió la caída rebotadora por las escaleras, aunque no sin dolor. Me levanté y me oculté detrás de una estantería. ¿Qué hacer, entonces? ¿Cuándo atacaría V?

Pablo bajó con Akira de rehén y Cristian a su lado.

– Chico, tengo a tu compañero. O sales en menos de un minuto, o le meto un tiro.

Teníamos dos trampas hechas. Podía usar una para él, y la otra para el vampiro. ¿Qué hacer? Sólo sesenta malditos segundos para tomar una decisión importante.

Asomé mi cuerpo y extendí mis brazos. Si tenía que usar una trampa, que así fuese.

– Está bien, pero suéltalo.

– No, lánzame primero el colgante.

– Tampoco.

– Puedo dispararte a ti y luego a él.

– Mira, déjaselo a Cristian, y luego acércate tú a por el colgante.

– No. Podría desarmar a Cristian, no tiene apenas experiencia. Me acercaré con él.

Comenzó a caminar hacia mí sosteniendo a Akira con un brazo y apuntándole la sien con la pistola. Iba a salir mal mi plan. Pablo pisaría el cable, que activaría unas poleas improvisadas que desencadenarían la trampa y los atraparía a ambos. Estaban apenas a diez metros de la trampa cuando Pablo soltó a Akira. Éste se hizo a un lado y miró con la misma cara de espanto con la que miré yo al cura. De su pecho sobresalía una mano que lo atravesaba desde detrás, la cual sostenía su corazón entre varias costillas salidas astilladas y rotas. De las imagen más horrorosas y horripilantes que había visto en toda mi vida. Me revolvió las tripas y sentí mi cuerpo débil, con aprensión. V lo había asesinado. Apretó su puño y reventó el corazón, salpicándolo todo a su alrededor de sangre. Pabló cayó al suelo temblando y con un débil quejido. Seguía vivo aún. Murió a los pocos segundos, cuando su cuerpo dejó de retorcerse.

– ¡Venid! – les grité a Akira y a Cristian. Cristian intentó acercarse pero V lo estampó contra la pared. Luego se acercó a Akira e hizo lo mismo. Ambos estaban inconscientes en el suelo, Akira con una gran brecha en la cabeza por la cual sangraba. No fingía. Nada era parte del plan. V estaba acercándose a mí, y yo estaba asustado, aun sabiendo que la trampa lo retendría.

Por fin la activó. Las cadenas lo rodearon de una manera perfecta debido a una técnica que habíamos desarrollado nosotros dos en nuestros años de experiencia. Tuve que atar los extremos de las cadenas a las columnas que allí había. V rio. Estaba ardiendo, pero aquello no había sido suficiente para retenerlo. Hizo fuerza y rompió algunas de aquellas columnas. El techo se resquebrajó y pensé que se nos iba a caer encima. Después, se quitó de encima las cadenas como si estuviese cambiándose de ropa. Normalmente a los otros seres como él las cadenas los queman como si fuese lava, pero a él apenas le había afectado.

– Vamos, ¿crees en serio que esto iba a retenerme? – dijo acercándoseme. Quedaba una segunda trampa, pero ya no tenía esperanza alguna. ¿De qué serviría? Sólo estaba puesta por si la primera fallaba. Tenía mayor cantidad de cadenas, y lo retendría más, pero, ¿para qué?

– ¿Cuántos años tienes?

– Dos mil doscientos veintitrés.

Mi alma se encogió. Era el ser más antiguo que había conocido en toda mi vida.

– ¿Por qué quieres matarme? – me preguntó. – Tú y yo nos parecemos. Tú das una inicial como nombre, como yo. Tú eres moreno, como yo. Tú has sufrido el desamor, como yo. Tú vives sin miedo a morir, como yo. Y tú necesitas la venganza para sobrevivir, como yo. ¿Por qué quieres matarme y dejas a mi hija viva?

No se refería a su hija como tal, sino a su hija como vampiro.

– ¿Estás enamorado de tu hija? Eso es incesto.

Sonrió.

– No te hagas el duro. Sé que estás temblando de miedo. – anduvo dos pasos y yo retrocedí otros dos, con cuidado de no activar mi propia trampa. – Ni siquiera te has molestado en saber cómo soy, si bueno o malo.

– Tus ojos me dicen que malvado. Cuando los tenéis tan rojos es que os alimentáis de muchas personas.

Rio en una carcajada que resonó por mis oídos incluso cuando acabó de reírse.

– Sí. Marina me rehusó cuando vio cómo descuartizaba a inocentes para alimentarme de ellos. Pero los humanos hacen lo mismo, ¿no? Descuartizan ganado para comérselo.

Supuse que Marina era Debrah.

– El ganado no tiene conciencia.

– Pero es lo que sois para mí, mero ganado. Te ofrezco una oportunidad, M. ¿Quieres unirte a mí en un abrazo vampírico?

Me sentí tentado, sinceramente. Tragué saliva, temblando indeciso sobre qué decisión tomar.

Entonces llegó a mi mente. Una idea, creo que fue, y así lo creí un tiempo, pero actualmente dudo sobre si de verdad fue una idea, o los susurros de una voz a mi mente.

Caí de rodillas y le dije:

– Mátame, pero que sea rápido.

– Como quieras. – dijo alzando una ceja y relamiéndose los labios. Se acercó a mí y la trampa se activó, más potente aún que la otra. – ¿Otra? ¿Pero cuántas tienes que ponerme hasta darte cuenta de que no me afectan?

Me levanté y me acerqué a él. Aquella nueva le costaba más quitársela de encima. Mi idea era arriesgada, por lo que yo estaba temblando aterrorizado e intranquilo. Me quité el colgante y se lo puse a él alrededor de su cuello. No se resistió. Sintió, de hecho, curiosidad por lo que yo estaba haciendo.

– Gracias por dármelo, no me acordaba de que con eso no podía tocarte. – dijo ampliando una sonrisa. Pero pronto se le borró. Su cuerpo comenzó a encenderse en llamas y él procuró unos gritos desgarradores. Ardió por completo, retorciéndose de dolor por toda la casa. Ardía en fuego, y aun así, la casa no se encendía en llamas ni las cadenas tornaban incandescentes. Acabó cayendo al suelo reducido en un montón de ceniza. Recuperé mi colgante, observándolo maravillado por su poder. Había derrotado a un ser milenario con aquel gesto. Un estremecimiento sacudió mi alma. Si Pablo tenía razón, el símbolo era de un ángel caído. Y quizá el colgante en sí hubiera sido posesión de un ángel caído.

Akira me miraba sorprendido. Se había levantado hacía rato y había visto todo. Tenía un pañuelo sobre la brecha para evitar que cayese más sangre.

– Tenemos que irnos. – le dije.

– Sí… – dijo con voz débil y mareada. Cuatro viajes di. El primero para llevar a Akira al coche y dejarlo en el asiento de copiloto. El segundo para recoger a Cristian, que yacía inconsciente, y dejarlo tumbado sobre los asientos traseros. Y el tercero y cuarto para recoger las cadenas. Luego, arranqué el coche y nos dirigimos al motel donde nos hospedábamos.

– ¿Qué hacemos con él? – pregunté refiriéndome a Cristian.

– Lo dejaremos con Cristina, harán una pareja perfecta; ya encajan incluso con los nombres.

Sí, seguíamos estando con Cristina, a la cual habíamos dejado un par de días con comida a su alrededor en un motel de Castilla la Vieja.

– Y luego seguiremos adoptando a más Cristians y Cristinas y formaremos una puta familia perfecta.

Su comentario me desconcertó un tanto. Siempre bromeaba, y aquella vez lo hizo en un tono casi serio, pero una pequeña sonrisa posterior me tranquilizó.

– Necesitamos a Cristian. Necesitamos saber qué iglesia era donde Pablo había leído el libro sobre el símbolo de mi amuleto, colgante, o lo que sea esto. Ha encendido en llamas al vampiro, y las llamas sólo lo afectaron a él. ¿Por qué? ¿Funcionará con más seres? – preguntaba a un tío dormido o desmayado, pues Akira tenía los ojos cerrados y estaba babeando por la boca.

Temí que la brecha fuese más grave de lo esperado, pero seguía respirando. Me tocaba cuidar de él, cuidar de todos. Miré en un espejo del coche mi aspecto. Distinguí una pequeña mancha de sangre en mi gabardina, seguramente de Pablo cuando V le arrancó el corazón. Aquella imagen desagradable se había quedado grabada en mi retina y no podía quitármela de allí. Pero lo que más me incomodó fue que tuviese que lavar mi preciosa gabardina marrón, un marrón anterior clarito, entonces ya casi beige de tantos lavados que le había dado. Quizá algún día tuviese que cambiarla. La mera idea me repugnó tanto como ver el corazón de un cura latiente en la mano de un vampiro.

Me rasqué la nariz, mastiqué un chicle de un paquete de la guantera, y observé el horizonte que se abría ante mí. Me quedaban varios kilómetros por recorrer, varias horas de viaje. Antes tenía sueño, entonces se me había quitado por completo…

 

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