Capítulo 10.2 – Conserje Indignado

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Capítulo 10.2 – Conserje Indignado

 

Ahí lo tenías, un barco pirata, sobre la oscura mar, rompiendo las olas. ¿Íbamos a ser abordados por un puñado de piratas rabiosos? No soy muy entendido en el tema, pero simulaba ser una carabela. Incluso tenía la típica bandera negra con una calavera dibujada.

Estaba hecho trizas, media cubierta destruida por la parte de la proa y del estribor, la madera seca, vieja, roída, y, en general, hecho una puta mierda.

– No hay balas suficientes para todos. – dije yo, con cara de pasmado. El fantasma se desvaneció, junto al barco. ¿Aparecían y desaparecían? ¿Qué estaba pasando? ¿Íbamos a sufrir un abordaje, nos iban a hundir, qué? ¿Y cómo combatir a semejante barco?

Pero eso no fue lo peor. Una niña pequeña, como si una damisela del siglo dieciséis fuera, estuvo mirándonos. Era otro fantasma. No dábamos para sensaciones aquel día. Sonrió, y echó a correr, mojando el suelo a su paso. Yo fui tras ella, y tras mí fueron mis amigos.

Subió las escaleras, se metió entre pasillos que conectaban camarotes, bajó hasta dentro del barco, volvió a correr entre pasillos. Tuve que acelerar, y aumentar mis reflejos. Nadie más parecía verla, y yo sólo era un loco persiguiendo a un fantasma. Cuando quise darme cuenta éramos Cristina y yo, únicamente. Estábamos en un camarote apartado del resto. Típico camarote del conserje, o de alguien de seguridad. Las huellas de agua que la fantasma había formado desaparecieron al dejarlas atrás, pero indicaban que se había metido en aquel camarote. ¿Qué habría dentro?

Las paredes marrones, hechas con una madera exquisita, y un farol de luz tenue en el techo, era todo a nuestro alrededor.

– No, no entres. – me dijo mi chica, agarrándose a mi brazo.

– ¿Tienes miedo?

– Intento no tenerlo, pero… Es más miedo de perderte que otra cosa.

Besé sus sabrosos labios, y la aparté con delicadeza. Paso a paso me fui acercando hasta la puerta del camarote. Giré el pomo y entré en su interior. Una luz parpadeante colgando de un cable nos reveló una imagen aterradora. Un hombre ahorcado, con la cara desencajada por el dolor, y moscas volando en torno a él. La luz siguió parpadeando. Cristina procuró un pequeño grito. De pronto la luz se apagó, y volvió a encenderse para mostrar… nada.
Ni rastro de la niña, ni del hombre ahorcado, ni de las moscas.

– ¿A dónde nos conduce todo esto? – pregunté retóricamente. Inspeccionamos el habitáculo. No había nada más que una botella de un ron caribeño de hace varios siglos vacía. Polvorienta, la cogí, esparciéndose el polvo por el aire, provocándome un par de estornudos. Al girarnos para volver nos dimos cuenta de que estábamos en un lugar desconocido. No teníamos ni idea de cómo hacerlo para llegar a cubierta. Perdidos en pasillos sin rumbo alguno divagamos con la esperanza de encontrar la salida. Pronto, Cris empezó a respirar frenéticamente, ahogándose. Llegó a caer al suelo, medio desmayada. Me acerqué a ella corriendo. – ¿Qué te sucede?

– Es como el seminario. No quiero estar perdida. Por favor, sácame de aquí.

En esos momentos me di cuenta de que ésa no era la vida para ella. De que tenía que dejarla ir. Había sido muy valiente en innumerables ocasiones. Quizá le costaba más habituarse a ella que al resto. Pero, aun así, su expresión decía que no podía aguantarlo durante mucho tiempo más. ¿Debía dejarla ir, o antes fundirme a ella como muestra de un amor puro nacido en mis entrañas entre tanta hostilidad y demonios?

Acaricié su rostro, y me dio más fuerzas para buscar la salida, pero no hubo suerte. Mi maldición de mala suerte me condenaba a vagar por unos pasillos desconocidos y desubicados. La cabeza empezó a dolerme. Me mareé. ¡Maldita niña! ¡Y todo lo que tenía era una botella de ron roñosa!

La lancé al otro lado del pasillo, reventando contra la pared y dejando cristales por el suelo. Seguimos andando, y entonces nos percatamos de que andábamos en círculos, justo como en el seminario. Todo fue gracias a los cristales. Cogimos varios, intentando no cortarnos, y los fuimos posando en las esquinas al doblarlas. Así nos daríamos cuenta por qué lado debíamos ir, y por cuál no. Tras llegar a otro pasillo un conserje nos vio con los cristales. Nos miramos, con cara de lerdos nosotros, quedándonos en un silencio incómodo. Cuando habló, por su tono de voz y palabras retorcidas en holandés supimos que estaba mentando a toda nuestra familia. Una vez ya ubicados, nos largamos de allí, subiendo a cubierta y tomando el aire fresco de la noche.

– No sé dónde estará el resto. No hemos conseguido nada, sólo unas visiones.

– ¿Qué son?

– No sé, nunca me había pasado. He visto fantasmas, sí, pero no de esta forma, ni con visiones peliculeras. Joder, quiero llegar a Inglaterra y olvidarme de esto. No me apetece resolver un caso en… – algo se movió debajo del agua. Me quedé estupefacto observándolo.

– ¿Qué te pasa?

– Hay… algo…

– ¿El qué?

– No sé, no tengo ni idea. ¿Un kraken? Dios, larguémonos.

Estaba paranoico perdido. Sólo veía peligros a mi alrededor. El cielo pareció agitarse.

– ¿Algo nos sobrevuela?

– No, M, cálmate, por favor, te lo suplico.

Me abrazó, apaciguándome entre sus sutiles brazos. Me refugié en ellos como si un niño fuera. La miré con ternura. Aún ni le había dicho mi verdadero nombre. No sabía ni lo que M significaba. Incluso yo a veces lo olvidaba. Ella se merecía saber todo de mí. Sus ojos así me lo decían.

– Ahí estáis. – dijo Marc. – Nos separamos para buscaros. Voy a darle un toque a Akira.

– Veo fantasmas y pesadillas a mi alrededor. – dije.

– ¿Yo también? – preguntó Cris.

– Tú eres el sueño más bonito que jamás he tenido. – dije cargado de romanticismo. Dije sueño, porque sabía que tarde o temprano debería despertar, y ella no estaría ahí para acompañarme. Ella no estaría…

– Ahí estáis. – dijo la misma frase Akira. – ¿Dónde os metisteis?

– La niña desapareció en un camarote. – iba diciendo yo. – Al entrar vimos a un hombre colgado, se apagó la luz, y desapareció, con sólo una botella de ron tirada en el suelo.

– Luego la rompimos. – dijo Cris. – Y fuimos poniendo los trocitos por los pasillos para no perdernos.

– Y nos trabó el conserje.

Nos reímos, con la complicidad de unos amantes, con la confianza de unos amigos, con el amor de unos enamorados.

– ¿Y Chorro? – preguntó Marc.

– ¿Le habrá pasado algo? – me preocupé.

– Chicos, ¿en qué lado estamos? – preguntó Cris.

– En babor, ¿no? – dijo Akira.

– ¿Y antes?

– ¿Estribor?

– Pues mirad aquello.

Era otro maldito barco fantasma surgiendo de debajo del agua con la bandera pirata izada. Más tablones colgaban de él, y su tripulación no tenía cara de ser muy amigable.

– Se está acercando… – dijo Marc. – ¿Nadie más lo ve? ¿Son ciegos? ¿S…?

– No. – le interrumpí. – Estamos solamente nosotros. La gente estará asistiendo a la orquesta, o durmiendo.

– ¿En serio? – preguntó Cris. – ¿Vienen de crucero y no contemplan el mar?

– La mitad es que van a Inglaterra, – dije yo. – y los que tenían pasta están en el banquete.

– No saben apreciarlo.

– Poca gente sabe apreciar la belleza del mundo. Mas yo sí, por eso te quiero.

– ¿Hola? – dijo Akira. – ¿Estamos rodeados de barcos fantasmales y os decís chuminadas? ¡Venga! ¡Vamos a ver cómo coño resolver esto!

– Otra vez la niña… – dije yo, mirándola. Nos sonreía, y nos invitaba a seguirla, pero una sensación de miedo nos invadió. Todo estaba oscuro, y las luces parpadearon de nuevo.

– No sé nadar. – dijo Cris.

– No necesitaremos hacerlo. – dije. – Vamos, sigamos a la cría.

– ¿Y si nos perdemos de nuevo? ¿Y por qué no buscamos a Chorro? – preguntó ella.

– Si estamos a todo, los barcos nos aplastarán.

– Pero son fantasmas, ¿pueden derribarnos?

– No lo sé, al ver a tanto fantasma con ropa ya no sé qué pensar.

La niña nos instaba a seguirla.

– Esta vez todos juntos. – dije, y la seguimos poco a poco. Ella no corrió tanto, pero volvió a dirigirnos al mismo camarote en el que estuvimos. Los cristales habían sido recogidos, y esperé no encontrarme al conserje de nuevo.

– No quiero entrar. – dijo Cris.

– Puto cura, dónde andará. – masculló Akira.

– Ya estoy harto de ir siempre a oscuras. – dijo Marc.

– Mejor que te acostumbres. – dije yo, sonriendo.

– A la mierda – dijo Akira, abrió la puerta, y… nada, de nuevo. Nos mosqueamos, mirando todo. Ni rastro de la niña, ni de sus pisadas, ni del hombre aquél que aseguramos ver colgado. Nada… – ¿Pero mirasteis bien?

Pisó el suelo, dando varios zapatazos a una parte que parecía hueca. Intrigados, investigamos mejor, y… ¡sorpresa! Conseguimos abrir el suelo, que daba lugar al interior. Era como un pasadizo secreto de la bodega. Tan… extraño.

Nos colamos, y encendimos unas linternas, pues todo estaba oscuro. Sólo madera a nuestro alrededor. Dejamos a Marc y a Cris a solas arriba, por lo que pudiera pasar. La niña nos sonrió y dijo:

– Aquí es donde morí.

Y nos quedamos helados por el profundo tono de su voz. Incluso Marc y Cris lo habían oído. Asomaron sus cabezas, y la niña continuó:

– Se aproximan. Vamos a morir todos…

 

 

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