Capítulo 10.1 – Cena Romántica

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Capítulo 10.1 – Cena Romántica

 

Por qué cojones a nosotros. No llevábamos ya el medallón. En Internet sólo había conjeturas de los seres sobrenaturales a los que nos enfrentábamos. La gente sólo los creía mitos y leyendas, y era casi imposible verlo. Con la ayuda del medallón lo habíamos logrado, pero ahora sin él, ¿por qué putas hostias encontramos más fantasmas en el camino?

Sí, el maldito crucero, nunca mejor dicho, estaba… eso, maldito, por un fantasma bastante tocacojones…

Había organizado yo los camarotes a posta, aunque me hice el loco cuando alguno se quejó. Cristina y yo juntos. Akira y Marc, y luego Chorro con el que le tocase. Pobre cura. No sé por qué lo dejé solo. Habría estado bien que lo acompañase Akira, o Marc. Obviamente la chica y yo juntos. Por algo era MI chica.

La luna menguaba hasta casi convertirse en nueva. El barco era muy grande. Un ferry, para ser exactos. Tenía dos plantas de altura. A nosotros nos tocó en la primera, al final del pasillo según subías a él. Nuestras habitaciones estaban contiguas, por lo que pudiera suceder. Guardamos bien las armas, con mucho recelo y nervios. Nos podrían haber pillado en cualquier momento, pero logramos evadirlos. Qué raro, con la mala fama que tenemos los españoles en el extranjero…

Todo era bastante lujoso. Nuestras ropas destacaban con lo que nos rodeaba. Íbamos en los camarotes caros, no en los de turista. Una inversión para librarnos de la inspección. Por si acaso hicimos bien en dejar que otro entrase con nuestra maleta.

Teníamos una cama de matrimonio doble, para estirarnos a gustísimo cuanto quisiéramos. Una televisión de plasma, baño, y un teléfono para llamar al servicio. ¿Una televisión cuando uno va de crucero? ¿Para qué? ¿Para ponerse el canal porno y excitarse?

Miré a Cristina. No me separé de ella ni un momento. Con mi medallón faltándome, las maldiciones me oprimían, y mi mala suerte me acechaba. Miré mi casete de música, deteriorándose a pasos agigantados por culpa del ajetreo diario. Me ayudaba a no caer en la oscuridad. Sin embargo la mejor cura contra todo mal de ojo era el amor, sí. Estar cerca de ella me otorgaba revitalización y alegría. Coño, era un placer estar a su lado. Su mirada tan dulce, su sonrisita tan tierna… No me arrepentí de traerla con nosotros, aunque seguramente el destino me la quitase de mi lado, y tendría más razones para odiar y más quebraderos de cabeza para vengarme.

Ella llevaba una blusa blanca, pantalones vaqueros, y el pelo recogido en una coleta. Yo una camisa normal, y una chaqueta de lana de toda la vida. No era capaz de acostumbrarme a vestir sin mi gabardina marrón. Oh, y cómo no, el sombrero. ¿Dónde estaban? Con lo atractivo que me hacían.

Mi barba estaba creciéndome, pasando de ser los cuatro pelajos mal cortados a ser… siete pelos mal cortados. Reí. Me la acariciaba. Mi pobre aspecto dejaba mucho que desear. Estaba más cansado que de costumbre, con alguna que otra cana decorando mi preciosísimo pelo negro, ojeras, barba incipiente, y posición encorvada. ¿Qué habría visto Cristina en mí?

– ¿Por qué la de matrimonio? – preguntó ella.

– Somos… pareja, ¿verdad?

No, aún no. No habíamos hecho nada sexual. Menudos inocentones éramos. Nos miramos, acercándonos después, y rozándose nuestros labios para luego fundirnos en un beso bandolero y arrebatador.

Nuestras manos fueron a la ropa opuesta, desnudándonos lentamente. Mi torso estaba al descubierto, y sus pechos y mi boca sólo eran separados por su sujetador. Mis juguetonas manos fueron hasta el cierre que los dejaría al descubierto para mi boca devoradora. Pero un grito… Sí, un puto grito de una mujer en cinco camarotes más allá del nuestro nos interrumpió. No quisimos darle importancia por la excitación, pero… volvió a gritar. Y a gritar, y a gritar, y mis manos sudaron, la erección de mi pene se deshizo, y mi ira salió a brote. Me vestí, Cris hizo lo mismo, y fuimos a echar un ojo a ver qué había sucedido.

– ¡He visto un fantasma, he visto un fantasma! – decía en inglés una mujer cincuentona muy echada a perder. Pequeña ella, pelo negro corto, y una gran papada.

– ¿Dónde? – pregunté, como si fuera lo más normal del mundo. A veces no me hacía a la idea de que el raro era yo, no el resto. O de que todo el mundo permanecía ciego bajo la creencia de que todo eran leyendas y de que los que controlaban a la sociedad nos habían hecho creer que nada de eso existía. Pero eso ya era otro cantar.

– Ahí, ¡¡ahí!! – seguía gritando con un cúmulo de gente aproximándose hacia nosotros. Sus malditos gritos de cantante de ópera me ponían nerviosísimo. Me dieron ganas de meterle un calcetín en la boca. Me había fastidiado mi primera vez con la mujer a la que quería.

Inspeccioné su camarote desordenado. Miré su baño. Se había duchado, el espejo estaba empañado, y en él escrito “RUN!”, lo que viene a ser un: “echa patas, cabrón”, de toda la vida. O “¡corre!”, dependiendo de lo tiquismiquis que seas.

Así que el fantasma estaba dando el aviso de que huyera a la mujer. ¿Vendría alguien a matarla? Por un momento lo deseé, ya que la muy hija de su madre seguía dando gritos para llamar la atención. Me acerqué al espejo, para comprobar que de verdad había sido escrito por un ente del otro mundo, en vez de con algún producto. Sí, teníamos un caso entre manos. Eso, o que ella misma lo hiciera para chulearse.

– ¿Cómo era el fantasma? – le pregunté.

– Parecía un pirata.

– ¿Un pirata?

– Sí, como barba negra. – fue diciéndome con su voz chirriante. – Pero sin la barba.

– ¿Botas negras, pañuelos, indumentaria antigua?

– Sí, ¡sí! Y parecía estar empapado, aunque era algo flotante…

– Hmpf…

Era extraño. Los fantasmas solían aparecer como luces con formas de almas. Como su antiguo aspecto, pero sin ropa.

– ¿Tenía pelos?

– Sí.

Y sin pelos. Un fantasma carecía de tal. Al menos los que me había encontrado. ¿Sería un tipo nuevo?

– Barba negra, y melena negra.

– ¿Pero no me había dicho que no llevaba barba?

– Pero no como barba negra.

Suspiré. Y ella qué sabría cómo llevase la barba el pirata. Igual se la enroscaba al rabo, o tenía una como la mía, de siete pelos mal contados.

Me aproximé hacia el camarote de Akira y Marc y les conté lo que sucedía. Luego visitamos a Chorro, el cual tenía un camarote compartido con una chica que no estaba nada mal y que hablaba en francés. El cura estaba lanzándole indirectas.

– Ah, no, si no mojo yo, no moja nadie. – dije. – Venga, tenemos un caso.

Comprobamos en todos los camarotes a ver si cuando los cristales se empañasen el fantasma también nos advertía a nosotros, mas la idea no surtió efecto. A Akira también se le hizo raro que tuviera tal aspecto. Pensamos que o el subconsciente la había traicionado, o se lo inventó todo. El personal de seguridad nos pidió que no nos alarmásemos, y nos invitó a un banquete de gala que se ofrecía en el salón para los pijos que habíamos alquilado los camarotes caros. 

Allí acudimos, con nuestras pintas de pobres, rodeados de gente con trajes y vestidos caros, y una orquesta tocando numerosos instrumentos. Nos ofrecieron todo tipo de alimentos. Por la mañana estaríamos en Inglaterra. Era una especie de crucero romántico. No lo disfrutamos a gusto. Aún estábamos con el runrún de que un fantasma acechaba el barco. Podría haber sido casualidad, ya que sin el medallón no atraíamos a ese tipo de criaturas. Pero la escritura del espejo no parecía haber sido hecha con ningún producto, ni tan siquiera con el dedo.

– Eh. – nos llamó la atención Chorro. – Mi crucero incluye… cita romántica misteriosa. ¿Por eso me han puesto en el camarote con una sexy francesa?

– Ah, – dije yo. – ya decía yo que cuando dije que irías solo me preguntaron por tu personalidad. O sea, que creen que Akira y Marc están liados.

Echamos un vistazo alrededor. Todos eran parejas. Hombres con mujeres, riendo, hablando entre ellos, la mayoría de avanzada edad, y luego dos hombres, juntos, con trajes que parecían de calidad. Nos vieron observándolos y nos saludaron con una sonrisa. Alcé la mano, saludándolos y riendo.

– Oye, no están tan mal. – dije yo.

– ¿Debería ponerme celosa? – preguntó Cristina.

– No, si lo digo para Akira y Marc, que vayan con ellos a socializar.

Me dedicaron unas miradas asesinas. No pude contener las carcajadas. Pedimos el menú, ya incluido en el billete, y empezamos a cenar, cuando la chica con la que estaba el cura se aproximó. Estaba bien, alta, guapa, morena, con un rostro fino, y un traje negro despampanante. Hablaron en francés. Chorro tenía acento seductor y la mirada del tigre. Parecía querer comérsela allí mismo.

Nosotros seguimos a nuestro rollo, cuando de pronto las luces parpadearon. Nadie pareció darle importancia, pero había roto el ambiente de ensueño en el que nos habíamos sumergido. Una mirada entre Akira y yo alertó al resto. También, todas las personas se pararon a mirar a su alrededor, y se fijaron en nuestra paupérrima indumentaria. Uno de los encargados nos preguntó si no teníamos algo más apropiado para el ambiente. No tomamos postre y ya nos habíamos ido de allí, Chorro inclusive.

– No creo que vaya a follar hoy… – dijo.

– Me das una pena impresionante. – dije con sorna.

– El parpadeo era de un fantasma. – dijo Akira de forma siniestra. Lo miré, enarcando una ceja y algo mosqueado.

– Akira, ¿estás bien? Hace tiempo que no te veo bromear ni sonreír como sólo tú sabes.

– Lo sé. – y no añadió nada más. Hacía tiempo que no teníamos una charla juntos de amigo a amigo. La inclusión de tanto compañero había impedido que siguiéramos con nuestro tan estrecho vínculo, aparte de los momentos rodeados de zombis en los que creíamos que yo iba a morir.

El sonido de unas botas pisando la cubierta rompió la carga formada por el silencio de mi amigo. Miramos hacia los lados. Nada, ni un alma. Los sonidos seguían produciéndose. La madera crujía, como si alguien se estuviera aproximando. Pasó de ser algo casi insignificante a preocuparnos por ello. Pero no teníamos arma alguna. No sabíamos a qué nos enfrentábamos. Había un fantasma, eso estaba claro, ¿pero por qué razón? ¿Por qué, sin medallón, lo seguíamos atrayendo?

La luna casi invisible fue rodeada de nubes negras. El mar se agitó, revuelto, provocando una turbia ola que movió el barco. Se escuchó algún grito de la impresión, pero lo cierto es que no había sido para tanto. Lo que asustaba no era la ola, era lo que se acercaba más allá del mar.

El fantasma fue tomando forma enfrente de nosotros. Contuvimos un grito, sobre todo yo. Era exactamente como la mujer lo había descrito. ¿Un fantasma, con ropa, con pelos? Me desencajó tantísimo verlo que no presté atención a sus movimientos. Estaba… señalando algo. No nos miraba a los ojos, sino al suelo. Estaba parado enfrente de los cinco, con su mano derecha señalando algo a lo lejos. Tras varios segundos incrédulos, miramos la dirección que nos indicaba. Reí, por no llorar. Era…

Era un maldito barco pirata fantasmal.

 

 

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