Capítulo 2.2 – Alzacuellos Asesinos

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Capítulo 2.2 – Alzacuellos Asesinos

 

Estábamos en una piscina rodeada por velas pequeñas que nos iluminaban con sutileza. El agua estaba cálida, y ambos desnudos, una chica preciosa y yo, juntando nuestros cuerpos entre apasionados besos. En el cielo una noche oscura despejada, con la luna llena brillando, y entre nosotros solamente amor y pasión. Caricias, abrazos, besos, risas, excitación. ¡Dos enamorados expresándose sus mutuos sentimientos!

Sonreía y la baba me caía por la mejilla cuando Akira me despertó con una palmada en mitad del torso.

– Ah, hijo de puta. – le dije, desperezando mis ojos, intentando ser consciente de lo que sucedía. Estaba en el asiento del copiloto, con mi compañero conduciendo. Me había quedado dormido, y estaba apenado por que aquel sueño sólo fuese eso, un sueño…

– ¿Qué, contento? – dijo él sonriendo.

– ¿Eh? ¿Por qué?

– ¿Qué soñabas? Con alguna pava fijo.

– No, no… – dije yo sonrojándome.

– El bulto de tu pantalón dice lo contrario.

Tenía razón. Un bulto se extendía por mi cintura dentro de mi pantalón vaquero.

– Bueno, sí, necesito amor, ¿vale?

– Acabamos de salir de un puticlub, ¿no podías haberte descargado?

– He dicho amor, no lujuria.

– Pues ve tirando con la mano derecha.

– Imbécil. – le dije sonriendo. Nos habíamos cambiado el turno de conducir tras veinte minutos conduciendo yo. Necesitaba una siestecilla…

Estábamos en aquel pueblo, donde se alojaba V, el vampiro maestro que nos disponíamos a cazar.

– Espero que sepas lo que haces. – me dijo Akira.

– No, no tengo ni idea. Nos vamos a enfrentar a un vampiro quizá milenario, y le he perdonado la vida a una vampiro. Siempre es lo mismo, ¿no? Los dos cometemos locuras y vamos a pecho descubierto arrasando todo lo que esté en medio.

– No le habrías pagado, al menos.

– Oh, mierda… – dije percatándome de que le había dejado los cincuenta euros en la mesilla.

– Joder M, se nos está acabando la pasta, no podemos permitirnos tirarla.

– Ya se me ocurrirá algo para ganarla…

– Como no te prostituyas…

– Prostitúyete tú, que tienes más desparpajo.

– Desparpajo no sé, pero un buen nabo no te lo niego.

Ambos reímos.

– Oye, tú, vamos a comer algo antes de hacer nada. – me dijo.

– Sí, mejor, mis tripas rugen.

Aparcó cerca de un bar de mala muerte, en una parte alejada del pueblo. Dejé el sombrero en el coche y fuimos al bar. Nada más abrir la puerta una pompa de humo se escapó por ésta. La gente estaba fumando dentro, a pesar de la ley de hacía bastante que prohibía fumar en los establecimientos.

– A menudos sitios me llevas, cari. – bromeé con Akira.

Había mugre por doquier. Olía a tabaco barato y a alcohol del malo. La mitad de las bombillas que alumbraban colgando del techo estaban fundidas. En su interior había un camarero con un parche en un ojo, un hombre barbudo tomando una cerveza en la barra, dos jóvenes, hombre y mujer, apasionados besándose como si no existiese mañana sentados en una mesa, una pequeña timba de póker y un par de curas en una esquina.

Me quedé alelado mirando a la pareja besándose. Qué envidia me daban. Y qué excitación me provocaban.

– ¡Eh! – me devolvió al mundo Akira cuando yo estaba sumido en mis pensamientos.

– ¿Eh, uh, ah…? – mascullé yo sin saber qué decir.

– ¿Quieres que volvamos donde las pu…?

– No. – le interrumpí con brusquedad.

Pedimos cada uno un bocadillo de tortilla de patata y un whisky para acompañarlo. Nos sentamos en una esquina y nos lo sirvieron al cabo de diez minutos.

– Eh, ¿no pensáis venir a cogerlo? – nos dijo el del parche cuando se percató de que no nos acercábamos a la barra. – Yo no soy vuestra criada. – dijo en un tono amargado.

Cogimos los bocadillos y los vasos y empezamos nuestra cena. El whisky sabía a bazofia, la tortilla estaba fría y el pan duro.

– Puto asco. ¿No había ningún sitio mejor? – pregunté con cara de desagrado.

– No, si no queremos llamar la atención…

– Eh, mira a ésos jugando al póker. ¿Por qué no vas e intentas ganar algo de pasta?

– Nah, soy bastante malo.

– Toma, lo pago yo. – le dije dándole diez euros.

– ¿Diez euros de mierda? ¿Qué quieres que haga con ellos? ¿Meterlos en el fondo de pensiones?

– Eh, tú eres el que decía que hay que ahorrar. Venga y adminístralos bien.

Akira se aproximó a la timba, y yo me quedé en mi sitio intentando tragar aquel whisky endemoniado. Ya que lo había pagado, qué menos que consumirlo.

Los curas se me acercaron. Era uno mayor y otro joven. El primero tendría unos cincuenta y tantos años, y el segundo poco más que mi edad. “El sodomita y su putita”, pensé para mí. “Qué profano soy”, me discutí. Yo era un hombre de bastante fe.

El cincuentón se me quedó mirando con una mirada fulminante bajo unas cejas gruesas y pobladas de pelo blanco. Estaba calvo, el buen hombre, y tenía cara de haber vivido más de lo que le hubiese gustado. El otro tenía unos ojos inocentes y agradables, me recordaba a mí cuando era joven, y una sonrisa bonachona. Era moreno, como yo. Tenía una nariz prominente, un tanto aguileña, pero eso no hacía más que sumarle encanto a su aspecto. Ambos llevaban sotanas y alzacuellos blancos. Si querían pasar desapercibidos, no lo conseguían.

Se sentaron enfrente de mí, y el cincuentón, sin apartarme la mirada y fumando de una pipa, o más bien dicho mordiendo la boquilla, también conocida como cánula, me dijo con su voz grave:

– ¿Crees en Dios, hijo?

– Sí.

– ¿Eres católico, protestante…?

– Creo a mi manera. – aseguré.

– ¿Y qué manera es ésa?

Me encogí de hombros y expresé un gesto con el rostro como de no saber.

– Rezo todos los días a Dios y le cuento cómo me ha ido mi día desde hace once años. No voy a misa, no creo en la Iglesia, y pienso que cada uno tiene que encontrar a Dios no en libros, ni en enseñanzas, ni en palabrerías de hombres travestidos, sino en su propia naturaleza.

– O sea, que si a un violador su naturaleza le pide violar, ¿ha de hacerlo?

Me quedé algo en blanco. Me había dado un buen golpe verbal. Él seguía tranquilo masticando su pipa y dándole alguna calada de vez en cuando.

– Me refiero a nuestra naturaleza, pero con control. – dije para salir del paso. – Es decir, yo creo algo en la Biblia, pero no todo de ella. Los siete pecados, gula, ira, soberbia, y demás, son malos, sí, y la Biblia nos previene de ellos pero para controlarlos, porque ellos son parte de nuestro ser y no podemos darles la espalda, además, en poca medida vienen bien. No dejamos de ser animales desarrollados.

– ¿Has leído la Biblia, hijo?

– La verdad es que no…

– ¿Y cómo sabes lo que dice?

– No sé, lo supongo. – dije comenzándome a incordiar porque me estaba dejando como a un ignorante.

– Tus afirmaciones apenas se sostienen. Estás improvisando. Venga, dime de verdad en qué crees.

– Está bien, olvida mi teoría. Creo en Dios, y a veces creo que me ayuda, pero otras veces mi fe flaquea y creo que me ha abandonado. Le rezo todos los días con la esperanza de que me oiga, con la esperanza de… caerle bien, por así decirlo, y le pido fuerzas y protección en mi día a día. ¿Qué opino de la vida, en general? Creo que mi propia moral y mi propio carácter me dice qué está bien y qué está mal.

Humedecí mis labios con mi lengua. Tenía la boca seca, y necesitaba hidratarme, así que le di un trago a aquel whisky asqueroso.

– ¿Matar gente inocente está bien para ti?

Su pregunta me desconcertó y mientras tragaba el whisky éste se me atragantó al pasar por la garganta. No comencé a toser hasta que llegó a mi estómago, y en ese momento el cura me echó en la cara todo el humo de una gran calada que le había dado a su pipa.

Entre que casi me atraganto y entre que se me encogieron los pulmones debido al humo comencé a toser como un anciano en su etapa final de la vida. Tosí tanto que incluso escupí sangre. Lo hice contra la pared, sin que me viera el camarero, e intenté pedirles disculpas a los curas porque iba a salir del bar, pero el desgarro de mi garganta sólo me permitió murmurar algo inaudible.

Salí del bar para tomar aire fresco, pero de pronto tuve una sorpresa. El cura me agarró por la espalda y me arrastró hasta un callejón cercano, donde me empotró en una pared y me acercó una daga afilada al cuello.

– Maldito demonio, vas a pagar por lo que has hecho.

Carraspeé para intentar aclarar lo ocurrido, pero lo veía demasiado decidido en darme muerte sin explicaciones previas, así que reaccioné con rapidez y en menos de un segundo las tornas se empataron. Él tenía también un cuchillo rozando su cuello. Volví a carraspear y escupí al suelo.

– No sé por quién, o por qué, me has tomado, pero te equivocas. – le aseguré.

– ¿Ah, sí? ¿Y por qué llevas ese símbolo satánico en el cuello? ¡Bestia!

– ¿Eh? ¿Qué sabes de mi colgante?

– Es el símbolo de un ángel caído. No recuerdo su nombre, pero recuerdo la repugnancia que sentía al leer que súbditos suyos pululaban por las calles.

Sus palabras me sorprendieron tanto que me distraje un momento. Un momento el cual fue aprovechado por el cura para lanzar mi cuchillo a varios metros de distancia. Sin embargo el que yo estuviera tan sorprendido hizo que aminorasen sus ansias de matarme.

– No lo sabías…

Negué con la cabeza. Se apartó de mí. Su compañero estaba observando con cierta intriga aquella escena. El casi anciano sacó un mechero de gasolina y lo encendió delante de mis ojos.

– Mantén la mirada en la llama.

La mantuve unos segundos, quizá un minuto entero. Se guardó el mechero y me hizo un corte superficial en el brazo. Estaba comprobando a ver cómo reaccionaba ante la plata, pues los monstruos normalmente comienzan a arder.

– ¿Quién eres? – me preguntó.

– Soy M, y soy un cazador, como tú, parece.

– ¿Cazador? Yo me denomino exorcista.

Me quedé extrañado mirándolo.

– ¿No te has encontrado más como nosotros? – le pregunté.

– En ocasiones, pero eran exorcistas, colegas del oficio.

– Qué raro. Yo ya he encontrado a un par como yo. Cazadores, digo. Bueno, mi compañero también es cazador. ¿Y tu discípulo, o lo que sea?

– Eres demasiado joven para ir “cazando” – resaltó esta palabra, sin contestar mi pregunta. – seres del infierno, ¿no crees?

Negué con la cabeza.

– No, no lo creo. La edad no se mide por los años vividos, sino por las experiencias.

Mi compañero se acercó armado con una pistola apuntando al cura.

– ¿Qué sucede aquí? – preguntó serio.

– ¿Qué tal la timba? – pregunté como si nada hubiese sucedido. Akira se me quedó mirando, confuso, y con unas palabras lentas me dijo:

– No muy bien… He perdido cinco pavos y me he ido.

– Te falta skill. – “skill” significa “habilidad” en inglés.

– Creo que esto merece una presentación. – interrumpió el cura. – Soy el Padre Pablo, sacerdote exorcista autónomo, y éste es mi pupilo, el Padre Cristian.

– Hola. – dijo Cristian, con una voz algo débil a la vez que simpática. Me inspiró ternura el chico.

– Yo soy M, como bien dije, y mi gabardina es lo que más quiero en este mundo aparte de a ese hombre de ahí, que se llama Akira.

– Gracias. Él es mi putita, le pago para que me presente ante desconocidos. Me da más caché. – bromeó.

Sonreí, y Cristian también. Pablo se nos quedó mirando con una mirada demasiado seria.

– Era broma. Soy Akira, encantado. – dijo al final.

– ¿Y vuestros nombres reales? – preguntó Pablo malhumorado.

Me encogí de hombros.

– Se los llevó el viento. Dime, ¿qué sabes de mi colgante?

– Vi ese símbolo hace un tiempo en un libro de una iglesia en la que estuve dando misa. Ya te dije, es un símbolo satánico. ¿Por qué lo llevas?

– Me revela la cara de monstruos cuando lo miran. Ah, y hace poco cazamos un líder de ellos, un sátiro. Esto…, brithyrs, creo que se llaman. – recordé el nombre que les puso Debrah.

– Ah, sí. ¿Matasteis a un líder…?

– Sí.

– ¿Cómo?

– Engañándolo haciéndole creer que nos había engañado. A lo que iba. Ese líder me dijo que mi colgante llevaba una protección, la cual le impedía que me tocase. Extraño, ¿verdad?

Se quedó intrigado mirándome.

– Quizá desprende energía que te imbuye y forma un fuego letal a tu alrededor, por toda tu aura.

– Espera, espera. ¿Energía? ¿Aura…? Todo eso es cuento chino.

– No, no del todo. Hay mucho charlatán en el mundillo, pero gran parte es cierto.

Moví la mandíbula, pensativo.

– Lo del mechero, ¿por qué era?

– Los seres son sensibles al fuego. Es lo único que asesina a sus líderes. Incluso cortándoles la cabeza pueden sobrevivir. Sin embargo sus crías, aunque el fuego las debilita, no las mata. Sea como sea, también son sensibles, y ver una llama potente de fuego es el equivalente a mirar al sol de manera directa.

– Eh, yo he mirado a veces durante minutos seguidos al sol. – aseguré. Ese comentario estuvo fuera de lugar. – ¿Por eso lo del humo del tabaco en el bar?

– Sí. Supuse que, al toser tanto, serías un monstruo.

– Bueno, pues no lo soy.

Se hizo un silencio largo e incómodo. Pablo me miraba pensativo, hasta que me dijo tajantemente:

– Tienes que dármelo.

– ¿Qué? ¡No!

– Hemos venido a por un vampiro líder, y vamos a acabar con él.

– Nosotros también estamos aquí por él. Podemos trabajar juntos y acabar esto rápido.

– Me niego a trabajar con vosotros. Sois sólo unos críos sin experiencia.

– ¿Y qué hay de tu pupilo? – le pregunté con remordimiento, pues lo metí en una discusión de la cual no formaba parte.

– Mi pupilo está aprendiendo de mí. De mí, yo, ¡yo soy el que se juega el pellejo siempre! Cristian sólo tiene que mirar, y ya está. 

– Así no aprenderá mucho.

– Así seguirá vivo. Ahora, dame el colgante y dejad esto al profesional.

– No. O hacemos esto juntos, o no hay trato.

– No me dejas otra opción, chico. – dijo alzando el cuchillo contra mí. Un sacerdote estaba atracándome en un callejón. Inaudito…

Akira elevó su pistola y le apuntó:

– ¿Te recuerdo quién la tiene más grande, viejo? – le preguntó. Pablo gruñó furioso.

– De acuerdo, pero por vuestro bien espero que no nos volvamos a cruzar nunca más. ¡NUNCA! Y dejadme al vampiro a mí.

Se marchó del callejón junto a Cristian. Me ajusté la gabardina arrugada por aquel sacerdote y nos quedamos mirando cómo se marchaban juntos, ambos hacia una muerte segura…

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