Tercera Parte – Capítulo 9

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Capítulo IX

 

Seguía atónita por lo sucedido. De un momento para otro, Silvia había llegado, me había enfadado con ella, y…

– ¿Por qué vino? – pregunté. – Quería chivarse a la policía. Ella…

– Os oí. Silvia quería ver cómo te iba, y si estabas mejor que ella, se habría chivado. Tú lo dijiste, era tu amiga para verte caer y sufrir y así ella sentirse mejor, no te agobies.

Aleksander posó sus manos pringosas de la sangre de Silvia sobre mi cuello, y lo acarició.

– Mi niña, cuánto te queda por vivir. Aun así…

Vi sombra en sus ojazos.

– ¿Qué…?

– Nada.

– Dime, dímelo.

– … – se quedó en silencio, buscando las palabras apropiadas que decirme. – Esperé, por un momento, que la perdonases. No quiero que mi maldad te consuma. Tú eres una bella flor, no quiero que mi oscuridad te marchite. Sin luz, no podrás florecer.

– Me acostumbraré a otra luz… la de la luna, y brillaré junto a ti, mi amor. – le dije, y besé sus labios, con algo de sangre de Silvia en ellos. Era una escena… muy profana y digna de condenar a dos pobres almas al Infierno. Me aterró esa idea, y él se dio cuenta.

– Limpiémonos, mi niña.

– Ah, cierto, ¡tu herida! ¿Qué ha pasado, mi amor?

– Te prometí que volvería, y así lo hice. Ahora te cuento. Duchémonos.

– Pero… juntos, ¿vale?

Sonrió, asintiendo.  

Nos desnudamos, uno enfrente del otro, con confianza y complicidad, con deseo y alegría. Entramos en la ducha, nos juntamos el uno con el otro en un momento cada vez más mágico, y… a Aleksander se le había olvidado encender el calentador. Se fue corriendo a encenderlo, quedándome yo a solas, esperándolo. No quería seguir sufriendo en soledad… Llegó enseguida, pero me había parecido un año entero. Lo abracé, juntando nuestras pieles, nuestros cuerpos desnudos, y el agua caliente comenzó a caer sobre nosotros. La herida de bala le había atravesado el hombro, y ya estaba curada. Besé donde había sangre suya seca, y al poco se la froté para limpiársela. Me miró con un brillo inusual en los ojos. Nunca me habían mirado así, y nunca me acostumbraría a que me mirasen así. Besé sus tiernos labios que dibujaban una sonrisa y entonces nos excitamos, haciendo el amor en la ducha, un poco incómodos, pero de forma especial y apasionada, con el agua caliente cayendo sobre nuestros húmedos cuerpos.

Cuando acabamos nuestros momentos de pasión desenfrenada nos vestimos y fuimos hasta su cuarto, otra vez. Nuestro lugar de estrategias. Entonces, comenzó a contarme lo sucedido:

– Fui a hablar con Galios primero, y después con Carlo. Te cuento…

>> Llegué al bosque, y me puse a seguir el rastro de las huellas de lobo más recientes. Cuando encontré su guarida él estaba en posición de guardia, encarándome, rugiéndome en su forma de lobo.

– Estoy aquí para hablar, Galios. – le dije en aquel griego antiguo que usábamos.

No dijo ni hizo nada. En su lugar, se quedó un buen rato mostrándome sus fieros colmillos, gruñéndome. Yo tampoco bajé la guardia ni un momento. Sabía que era demasiado fuerte para mí, conque decidí esperar. Al poco se transformó en humano, y me dijo:

– Hace mucho tiempo, Aleksander.

– Demasiado.

– ¿Qué quieres decirme?

– ¿Por qué me acosas?

– … – no dijo nada en un buen rato, mirándome a los ojos con una mezcla de sentimientos que ni yo pude comprender.

– Sé que me culpas de la muerte del clan. Deberíamos haber estado en guardia, haber convivido con la natura, lo sé. Nunca debí quitarte el liderazgo, y lo siento, pero en esos momentos mi único propósito era protegerlos.

– Volví a intentarlo. La naturaleza bien sabe que sí. Hice caso a mi condición, a mi carga de ser inmortal hasta restaurar a mi tribu y mi sangre, pero…

– ¿Qué sucedió?

– Lo mismo. Murieron por capricho de otros, sin apenas crecer. Mezclé mi sangre con una mujer de otra tribu, y decidieron exterminarnos, al no ser de sangre “pura” nuestra descendencia. Sólo por eso. La mataron a ella también, y yo me llevé a varios por delante, pero no fue suficiente… Decidí irme, en vez de matarlos hasta que ellos hicieran lo mismo conmigo. Fui un cobarde. Preferí respetar sus costumbres y sus códigos. Tenías razón, viejo amigo. Nuestro honor y nuestras creencias no nos llevaron a ningún lado, ni antes, ni después. Me planteé restaurar el clan probando suerte con gente más tolerante, pero… no. Comencé a tener miedo de fracasar. No quería volver a ver a mi gente caer, no… Demasiada sangre sobre mi conciencia. Vine aquí para finalizar lo que un día juré hacer: intentar matarte.

– Has venido para morir, ¿no?

Más silencio en su rostro.

– No te atreves a quitarte tú la vida.

– No, ¡NO! Soy un cobarde, lo admito. Tenía que haber luchado por mi clan, pero me fui, triste porque me dieron la espalda. Y debía haber vengado a mis vástagos, pero supe que no conseguiría nada exterminando otro clan. Y todo por mi maldito código moral y mis principios. Por ser lo que soy me ha ido mal, así que he llegado a la conclusión de que no quiero seguir vivo…

Fueron duras palabras para el que otrora fuera mi amigo, y en parte quise animarlo, pero lo que sí vi en sus ojos era determinación. Quería fin para su sufrimiento, y quería cumplir algo que había prometido hace tiempo. Pero yo no me iba a dejar matar, ni le daría la satisfacción de cumplir aunque fuera un objetivo en su vida. Así que urdí un plan con él, y llegué a un trato: la vida del cazador, por la mía.

Chs, no digas nada, mi amor, no pienso morir, no, teniendo ahora toda una vida por delante junto a ti. En ese momento… me fui a hablar con Carlo.

Mitad de la noche, a pocas horas del alba, y yo yendo a enfrentarme a un cazador. Sabía que estaría preparado, por lo que tomé todas las medidas necesarias. Me colé en el apartamento donde vivía tras hacer mis investigaciones. Estaba colaborando en el caso de las desapariciones de tus compañeros de clase, y de la mutilación de Santi, a las cuales daban una conexión. Tú también eres una de las desaparecidas, junto a tu familia. Sin duda, en cuanto acabe esto, nos iremos de aquí para no volver, y el caso será archivado. Como decía, fui al apartamento de Carlo. Mi plan fue sencillo. Hice algo de ruido en la puerta, como si estuviera forzándola, para así llamar su atención, y correr con rapidez hasta su ventana y entrar por ahí, pillándolo de espaldas a la puerta. Pero no había contado con el demonio en su interior. Tan pronto me colé recibí un disparo, el cual esquivé con agilidad.

– ¿Crees que no puedo sentirte?

– Yo también me alegro de verte. – dije esquivando sus disparos de una pistola con silenciador. Me coloqué detrás de la pared, y siguió disparando. Para mi fortuna las balas no atravesaron la pared. – ¡Sólo quiero hablar! ¡No quiero hacerte daño!

– ¿Y por qué entrar a hurtadillas?

– Por lo que te dije la última vez.

– Jajaja, bien, sal y dime lo que tengas que decirme.

Me asomé, y me disparó. Ése no pude esquivarlo. Volví a esconderme, y le dije:

– Cabrón, ¿por qué…?

– Por el consejo que me diste la última vez. No pierdas el tiempo hablando, mata.

– Pero no ahora, vengo en son de paz, joder.

– No confío en ti.

– Mira, sé que estás buscando a un asesino, y sé que mi casa apesta a sangre, pero no es lo que parece.

– ¿No? ¿Qué es?

– Un hombre lobo. Fue él quien estuvo secuestrando a todos y matándolos. Yo tenía miedo de que acabase cogiendo a Adriana, la chica de la que estoy enamorado, y…

– Sorpresa, otra vez el amor. Siempre haces tonterías por culpa de algún chocho.

– Será el destino, pero no es esta vez. No he matado a nadie, tienes que creerme. Después de Giovanna y de nuestro encuentro supe que te alertaría si yo mataba. Me he estado alimentando a escondidas, sin matar siquiera, te lo prometo. Por favor, créeme. Estoy protegiéndola del hombre lobo, por eso ella está en mi casa. Mira lo que le hizo al pobre hombre ése y a los demás.

– Mmm, sé de un vampiro que era experto en tortura, y según tengo entendido, tú podrías ser perfectamente ese vampiro, y alguien hizo una buena obra con ese pobre diablo.

– Y yo me alegro, y me jode no haber sido yo, pero, lo dicho, no he sido yo, tienes que creerme.

– Está bien, te creo, ¿y ahora? Yo quiero matarte.

– Pues entonces nos mataremos, pero cuando acabemos con el hombre lobo. Sé que no le harías daño a una humana inocente de crímenes, y sé que dejarías a Adriana irse, pero también sé que el hombre lobo es distinto, y podría hacerla daño, y yo tengo que protegerla. Ayúdame a protegerla, y luego zanjaremos esto como hombres de honor.

– Vale, ¿qué propones?

– Mañana, en el bosque.

– Mañana es luna llena.

– Tendrá las defensas bajas. Tiene una maldición, y su poder, en vez de aumentar con la luna llena, decrece. Será nuestro momento para pillarlo. Ahí, o nunca.

– Hm… ¿Y si te equivocas?

– Yo iré a por él, nos destrozaremos, y tú aprovecharás para venir en mi ayuda pasados unos minutos. No será capaz de irse para cuando te huela. Sólo te pido que no me mates cuando acabemos con él. Dame al menos tregua para recuperarme, y luego tendremos nuestro duelo.

– ¿Cómo sabes que fue él quien mató?

– Porque usó una mazmorra cercana a mi casa. La investigué, debido a la sangre que me atraía, y vi todos los horrores que había causado.

– No me desmientes que fueras el torturador, ¿no?

– Eso queda mucho tiempo atrás. Mi mente no es tan buena como para haberle hecho esas cosas a Santi. No entiendo por qué no le dan la eutanasia.

– Ni yo. Los padres tampoco dicen nada.

– ¿Entonces nos vemos mañana en mi casa? ¿Hay trato?

– Hay trato… Pero pienso matarte, Aleksander, así que despídete de esa novia tuya.

Y me fui por la ventana, temiendo ser disparado por él. >>

– Sé que no puedo confiar en él, sé que no debo, y sé que quizá no volvamos a vernos tú y yo nunca más.

– ¿Qué? No, no me digas eso, Aleksander, no… No podría soportar tu muerte. Me iría contigo, y lo sabes.

Su rostro se oscureció. Duras palabras, pero que calaron hasta su alma. Me rodeó con sus brazos y me besó con erotismo, sensualidad, y pasión.

– Mi niña…

Más lágrimas en sus ojos. No soportaba vérselas.

– No quiero perderte. – le dije. – No, me niego. Ha pasado un mes desde que te conocí, y sé que esto será para siempre, porque te amo, y me amas, y todo ha sucedido muy rápido, pero… ha sido realmente intenso. Te amo, mi amor, te amo, te amo…

– Te amo…

Seguimos besándonos.

– Si la muerte me separa de ti, sabes que iré en tu busca.

– Lo sé…

– Por favor, no mueras.

– No puedo prometértelo. No esta vez.

Lo agarré con fuerza, con miedo a perderlo, llorando. Era de día, no habíamos dormido, pero no teníamos sueño. Hicimos el amor todas las horas hasta que comenzó a oscurecer. Entonces nos tuvimos que despedir.

– Pase lo que pase, eres lo mejor que me ha ocurrido en la vida. – me dijo.

– Tú sí que eres lo mejor en la mía. Me salvaste de toda la maldad. Quizá eres oscuridad, pero para mí… eres la luz de mi alma. Te amo.

– Te amo.

– Espera, espera… ¿Cuál fue el plan que trazaste con Galios?

Esbozó una sonrisilla. Se acercó a mi oído, y me lo susurró. ¿Lo lograría…?

 

 

 

 

 

 

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