Tercera Parte – Capítulo 6

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Capítulo VI

 

Más aullidos nos abstrajeron.

– Parece que te está escuchando. – le dije.

– No, no tiene semejante oído. Olfato sí, pero no oído.

– Hoy no es luna llena, ¿pueden transformarse siempre?

– Sí. Su poder se hace más fuerte en luna llena, además que cuando un hombre lobo nace y crece, su primera transformación surge en luna llena con unos veinte años. Creía que serían violentos, pero en su lugar encontré mucha gente unida a la naturaleza, con tradiciones simples y muy respetables. Veneraban la tierra donde vivían, costumbre que adquirí de ellos.

– ¿Qué más pasó?

>> Siendo ya parte de ellos, pude sentirme como si encontrase un hogar nuevo. Galio dijo unas palabras esa noche:

– Hemos perdido a un amigo, un hermano, y un hijo. Un miembro joven de nuestra tribu cayó por vengar a los veinte que el destino nos quitó. Ahora son veintiuno. Sabíamos que esta batalla nos costaría vidas, y, aunque al final sólo fue una, no deja de pesar sobre nosotros. Aun así pudimos librarnos de un enemigo mortal que nos habría atormentado por los siglos. Además, podemos dar la bienvenida a un nuevo miembro, Aleksander, quien nos ha ayudado a acabar con él.

– ¿Cómo sabemos que no nos traicionará también a nosotros? – preguntó uno.

– Me hice amigo suyo para que acabaseis con él, nada más. – me defendí.

– Sigues siendo un traidor. – aseguró.

– Tienes razón. Murió por tonto, ya que confió en alguien a quien acababa de conocer. Vosotros sois más inteligentes que él, no confiáis en mí, ni lo haréis en un tiempo, quizá nunca. Al fin y al cabo soy un vampiro, distinto a vosotros. No puedo ver el sol, ni hacer vida normal. Yo confiaré en vosotros, al dormir aquí, sabiendo que podéis exponerme y quemarme vivo, y os ofreceré protección… A cambio sólo deseo compañía. No os pido que me aceptéis, es imposible que lo hicierais, pero sí que… al menos me deis una oportunidad de conocerme.

Se quedaron en silencio hasta que uno se atrevió a acercárseme y me dijo:

– Bienvenido.

Y le siguió toda la tribu, incluso el que me acusaba de traidor. Galios se alegró de mi recibimiento, y habríamos celebrado una fiesta de no ser por el muerto, a quien enterraron ese mismo día. Todos aullaron en su honor, transformados en lobos. Yo los acompañé. Mi aullido parecía un quejido al lado del suyo, pero lo iría perfeccionando con el tiempo. La cuestión es no tener vergüenza y no acomplejarse por hacerlo mal al principio…

¿Y qué decirte del resto? Me enamoré de ellos, de su forma de vida, de su estilo. Por el día solían dormir, como yo, aunque el sol no les afectaba, y por la tarde-noche se despertaban para salir a juguetear o cazar por el bosque. Éramos cuarenta y dos, contándome a mí. La gente nos creía gitanos, por nuestra forma de vida. Al principio me costó relacionarme con el grupo, pero poco a poco lo fui consiguiendo, y me alegró el alma ver cómo ellos me aceptaban. De todas formas solía ir a la ciudad a alimentarme cada cuatro días aproximadamente. Me pidieron que dejase de asesinar, que sufrían al verme lleno de vida a cambio de habérsela arrebatado a alguien. De hecho yo había dejado de ser tan exigente, y en vez de acabar con asesinos, acababa con el primero al que veía cometer un crimen, aunque fuera un robo. Sabía diferenciar la necesidad de la codicia, pero me había vuelto bastante vago. Deseaba alimentarme en cuanto antes para volver con ellos. Debido a mi naturaleza, decidieron darme un poquito de su sangre cada pocos días, pero yo me negué. Jamás probaría sangre del ser que decidió hacerme un hueco en sus vidas cuando nadie más lo hizo. Me respetaron más por ello, y seguimos a nuestro aire.

No quiero que pienses que todos los días eran fiesta. Alguna vez había discusiones, o días aburridos, como todo. Cuando la luna despuntaba en lo alto sin nubes salíamos a correr por el bosque. Ellos como lobos, yo casi desnudo. Ocultaba mis partes íntimas no por vergüenza, sino porque rebotaban mucho a la hora de correr. Un detalle que quizá no debería haber contado, pero es para que te hicieras una idea mental. Éramos libres. Corriendo, jugando, respirando el aire de la naturaleza. Manchándonos de barro y verdín, mezclándonos con los insectos y los animales. Todo siempre de noche, únicamente iluminados por la luna. Cuando se ocultaba seguíamos teniendo buena visión nocturna, debido a nuestra calidad de seres sobrenaturales, pero no era lo mismo.

Corríamos, reíamos, aullábamos. Era extraño. Yo no era como ellos, resultaba demasiado obvio, pero me sentía como tal, uno más. Pasados unos meses me sentí parte de ellos, como si hubiera nacido y hubiera sido criado con esa manada. No me marginaban, no me miraban mal, no me hacían ascos, no me daban la espalda. Era uno más, aunque fuera un vampiro. El lobo vampiro me llamaban. Tenía alma de lobo y cuerpo de vampiro. Me sentí parte de algo, y por fin encontré mi lugar. Pero no todo siempre es felicidad, no en esta vida, y no conmigo cerca…

Siempre temimos que el vampiro rubio que dejamos vivo quisiera tomar venganza algún día, por ello siempre estuvimos en guardia, pero no íbamos a permitir que nos echasen de nuestro hogar. Aun así, esperando a un enemigo hallamos a otro. Era una tribu de nómadas. Nosotros éramos más sedentarios, íbamos de un lado al otro del bosque, pero aquella tribu de salvajes berserker amenazaba con expulsarnos de nuestras tierras. Venían del norte, de Noruega quizá. Viajaron mucho, y estábamos seguros de que a sus espaldas llevaban mucha sangre. Decidimos sentarnos en una mesa para tratar los asuntos. Yo me alejé, no queríamos que ellos supieran que un vampiro andaba cerca. Agudicé mi oído y escuché a Galios negociando en griego, entendido por ellos:

– Podemos convivir. Podemos incluso unir tribus si así lo desearais.

– No, no queremos. – dijo el otro con acento fuerte. – Estamos aquí de paso. En unos pocos años será luna roja, y debemos honrarla con sangre. Cada mes asesinamos a unos cuantos humanos, pero los dioses nos han dicho que nuestro destino tiene que ser enfrentarnos a una tribu, y la vuestra parece la idónea.

– ¿Nos declaráis la guerra?

– No exactamente. Queremos que seleccionéis a tres campeones para luchar contra nuestros tres mejores guerreros.

– ¿Y qué ganamos con ello?

– Que no explote una guerra.

Galios refunfuñó, y no le quedó más remedio que aceptar a regañadientes. En la próxima luna llena tres de los nuestros pelearían contra aquéllos. Yo no me fiaba, ni Galios tampoco. Reunió al consejo, en donde yo formaba un hueco, y le dije:

– Podemos pillarlos por sorpresa, emboscarlos y destrozarlos.

– No, entre lobos hay honor. – respondió otro. – No podemos hacerlo sin avisarles. De lo contrario, la naturaleza nos castigaría.

– Naturaleza, dioses, Dios… Hay tantas religiones. ¿Qué más da? La cuestión es seguir vivos.

– Aquí no te doy la razón, Aleksander. – contestó Galios. – Tenemos creencias, y debemos respetarlas.

– ¿A cambio de tres vidas? ¿Y qué si pierden? ¿Y qué si ganan?

– Pierdan o ganen, ellos tendrán lo que buscan, y se irán.

– No creo. Buscan sangre. La misma sangre que me alimenta a mí.

– Cada luna llena derraman sangre, sí, hasta el eclipse de luna roja.

– ¿Queda mucho?

– No lo sabemos. – contestó otro. – Dos años, o tres, mínimo.

– ¿Y creéis que se contentarán con pasar un mes aquí, cuando buscan treinta?

– Tiene que ser así, Aleksander. No vamos a luchar. – dijo Galios.

– Pero sí a sacrificar la vida de tres personas.

– ¿Qué crees que sucedería si vamos a la guerra? ¿Cuántos crees que morirían?

– Enviadme a mí, yo los derrotaré. Si los pillo por sorpresa puedo matarlos, al menos a la mayoría. Si no me rodean o me emboscan, me podrá resultar fácil.

– No, tiene que ser así, y así será.

Gruñí. Su rugido era más fiero que el mío, pero yo no me quedaba atrás. Salí de allí, mosqueado por tener que sacrificar la vida de amigos y compañeros por la terquedad de un grupo, de una religión absurda. No era absurda del todo, ya que adoraban a la naturaleza, el lugar donde vivían. Y eso me parecía muy respetable, porque hay que cuidar la tierra que habitas. Pero de eso, a pensar que la naturaleza te castigaría por el simple hecho de querer sobrevivir me pareció decepcionante. El ser humano siempre ha hecho todo lo posible por sobrevivir, está en su propia la naturaleza. ¿Por qué la tierra debería castigar un instinto que el hombre sigue? Supongo que lo que a ellos les molestaba era mi forma de sobrevivir. La de atacar sin previo aviso. Tenían un honor que los conduciría a la muerte.

Pasaron dos días y llevaron a los tres mejores guerreros de nuestra tribu. Pensé que los matarían, y así estaríamos más expuestos. Yo no podía representar a los lobos, pues, aunque no me discriminasen, no era un lobo, por mucho que yo me lo creyera. Pero eso no evitó que yo estuviera a lo lejos observando y escuchando. Preparé dos espadas, por lo que pudiera suceder. Al parecer se metieron en un foso rodeado de estacas de madera, donde pelearían tres contra tres sin transformarse. Aun sin estar transformados, pueden evocar sus poderes de lobo. Se les ve reflejado en sus ojos color amarillo profundo.

El combate comenzó, y yo supe que ellos morirían, porque podía escuchar su corazón, y también el del enemigo, los cuales estaban más calmados, aunque pronto entraron en frenesí, dispuestos a descuartizar a mis amigos. ¿Qué hacer? ¿Permitirlo? Estaba claro que no nos iban a dejar ir así como así. Que despedazarían a los de nuestra tribu poco a poco hasta honrar los sacrificios a sus dioses. Así que empuñé las espadas y, con rapidez, me presenté en su campamento, decapitando a dos de ellos sin preámbulo alguno. Me miraron desconcertados, mientras que los de la fosa seguían luchando. No supieron reconocerme. Nunca habían visto a un vampiro, y no supieron qué hacer contra mí. Seguí luchando, preguntándome ellos si yo era un dios, pidiéndome Galios que me detuviera. Salté a la fosa y caí sobre uno, partiéndole la espina dorsal. Entonces decapité a otro de un mordisco, y al último me quedé mirándolo. Sin darme cuenta sangre de lobo había entrado por mi boca, y me pareció un sorbo de sangre deliciosa que me sumergió en un trance eterno pero efímero. Aprovecharon su distracción para asesinarlo, y el resto de la tribu corrió gritando, desperdigándose. Apenas fueron trece más. Les di caza a todos ellos, dejando al líder para el final:

– ¿Quién eres…? – preguntó, y lo asesiné antes de darle explicaciones. Su cuello fue más difícil de cercenar. Nunca me había gustado prolongar las muertes. Quedarme a dar explicaciones sólo le daba más tiempo para contraatacarme. Sin percatarme de mi entorno, la sangre que había entrado en mi organismo me había hecho más fuerte y me había otorgado vitalidad, aunque no quise probar más sorbos nunca. No quería suponerles un peligro a mis amigos.

Volví a la tribu y me miraron extrañados. No estaban todos. Sólo la mitad habían ido para ver los combates, y habían presenciado mi matanza. Esperándome que me acabasen echándome, y sin importarme, porque yo habría salvado la vida de amigos, me sorprendieron gritando y alabando mi nombre.

– Iban a masacrarnos. – dijo uno. – Estaba claro, los vi preparándose para rodearnos y asesinarnos.

– Gracias, gracias, nos has salvado hoy a todos, otra vez. ¡Gracias! – dijo otra.

– ¡Aleksander, Aleksander! – gritaron al unísono, excepto Galios, que de pronto gritó pidiendo silencio.

– Hoy hemos decepcionado a la madre naturaleza y a nuestro honor como lobos. No es motivo de alegría, ni de bienestar. – dijo apenándolos. Entonces le respondí:

– No, hemos honrado a la naturaleza aceptando la parte de nosotros que nos pedía sangre, y le hemos devuelto la sangre que ellos pretendían derramar. En cuanto al honor… eso no nos permitiría seguir vivos.

– Dices eso porque no eres un lobo, nunca lo fuiste, y nunca lo serás. – me dijo con crueldad, hiriendo mis sentimientos. A pesar de sentirme parte de ellos, obviamente no lo era. Y, entonces, al verme así, salieron en mi defensa.

– Galios, no eres quién para hablar. Si por ti fuera estaríamos muertos.

– Eso, siempre nos metes en jaleos. Contigo vamos a acabar bajo tierra.

– Te has pasado. Si no fuera por él, no habríamos sobrevivido.

– No te necesitamos, Galios. Nos has tratado como tú has querido, en vez de pensar en nosotros. Queremos un líder que nos respete, que se interese por nuestros sentimientos, y nos proteja. ¡Voto por que Aleksander sea nuestro líder!

– ¡Yo también! – gritó una, y otra, y otro, y otra, y otro, y otro, y… todos. Todos prefirieron tenerme a mí como líder, en vez de a él. Se sintió fatal, pude adivinarlo en su rostro, y lanzó al suelo su ropa, transformándose en lobo y huyendo. Me sentí mal por quitarle el puesto, pero esa tribu necesitaba alzarse fuerte, y la religión y el orgullo sólo nos habrían hundido. Volví con el resto de la tribu, y les contaron lo sucedido. Dije que hasta que no se aprobase por unanimidad no aceptaría el cargo. Lo aprobaron, y me convertí en su líder…

Un vampiro líder de una tribu de lobos. Fue una responsabilidad impropia que me quedaba grande, pero que afronté con toda mi alma, velando por su seguridad y su bienestar. Lo primero que hice fue buscar a Galios para llegar a un acuerdo, pero no lo encontré en ningún lugar. Se habría marchado del país para no volver. Un lobo solitario…>>

– ¿Es Galios el lobo que nos acosa? – pregunté.

– Sí.

– Pero… Han pasado… ¿doscientos años? ¿También son inmortales?

– No del todo. Es una maldición que tienen… por así decirlo. La religión de Galios no estaba del todo equivocada. La naturaleza es sabia. Son pocos los de su especie, y no sé cómo se originaron, al igual que tampoco lo sé de la mía a ciencia cierta, pero los suyos son clanes. A grandes rasgos, y según lo que tenía entendido, hay cincuenta clanes de lobos por toda la Tierra. Si haces cálculos, como máximo habrá unos tres mil. Son poquísimos, aunque hay menos vampiros. Y, al haber tan pocos, se necesita que la especie perdure, por ello, cada línea de sangre comparte una especie de vínculo. Son seres que necesitan compañía, aunque sean solitarios y vivan apartados de la sociedad. Es por eso que cuando un lobo abandona una tribu, su fuerza incrementa, para que la especie no se pierda. Y no solamente eso, sino que también se vuelve más fuerte e inmortal cuando todo su clan muere, para que pueda continuar la línea de sangre. Ésa es la maldición. Cuando haya diez más con su sangre y deje de ser el único, entonces podrá morir de nuevo, a menos que sea asesinado.

– ¿Quieres decir que Galios mató a su clan para ser inmortal?

– Déjame contarte toda la historia. Su religión siempre giraba en torno a volver a la naturaleza cuando fallecieran, por eso, aun sabiendo lo de su condición de inmortales si su clan fallece, aceptaban a la muerte cuando llegaba, para que su espíritu se reuniera con todo el entorno. Pero una vez yo tumbé su religión, tumbé todo aquello…

Se quedó en silencio. Estaba ansiosa por escuchar el resto de la historia. Aleksander, ¿qué pasó con ellos? ¿Por qué Galios te busca? ¿Qué te sucede?

Me miró con esos ojazos negros que penetraban en el alma, pero con preocupación.

– Huele a Silvia.

– ¿Qué? No, no puede ser.

– Está husmeando. ¿Nos ha seguido?

– La que faltaba… Un cazador, un lobo, y una golfa. – dije, causándole una sonrisa.

– No te preocupes, vida mía, yo te protegeré de ellos. Yo te protegeré de cualquier peligro. Además, la golfa parece irse ya…

Nos miramos en silencio, amándonos. Tanta historia me abstrajo incluso de mis sentimientos. Pero estando en silencio con él mi alma palpitaba emociones jamás conocidas para mí. Era el hombre de mi vida. No, el vampiro de mi vida. Sonreí por dentro ante lo que pensaba, pero entonces dejé de pensar. Sólo sentí. Escalofríos de amor recorriendo mi alma. Eso me hacía sentir él con esos ojazos negros y sus labios que me incitaban a besarlos.

– Oye, Adriana. Antes de que todo comience… ¿sabes por qué te amo tanto? Me encanta esa sonrisa tuya que tienes, que pones de ilusión cuando algo te emociona o te hace ensoñar, y esos ojitos tan lindos que se te forman, los cuales se llenan de brillo. Me encanta la forma de moverte, de ser. Eres espléndida y maravillosa. Eres como el personaje de un cuento hecho realidad. Si yo soy pesadillas, tú eres… luz… Lo eres todo para mí. Tu voz acaramelada, tan dulce, suave, sutil… Tu rostro angelical, tu cuerpazo de mujer… El olor de tu piel, de tu sangre, de tus lágrimas cuando las derramas. Eres tan bella… Me encanta tu aspecto y tu forma de ser. Me has aceptado, aun habiendo pasado tan poco tiempo, y yo puedo decirte que… te amo. Estoy seguro de ello. Siento como si tu alma y la mía se hubieran unido. Al coincidir las miradas… noto mi alma bailar con la tuya. Tan pronto esto acabe, te haré el amor. Te haré mía, y lo serás para siempre.

¿Sería una invitación a ser una vampiresa? Me lancé hacia sus labios y los devoré con pasión. Tras varios minutos perdida entre sus brazos y sus besos le dije:

– Yo también te amo. Te amo desde que me salvaste del precipicio. Te amo, y siempre supe que ocultabas algo. Encerrabas un halo de misterio que a la vez que me aterraba, me atraía. Y ahora que sé lo que eres, aún sigo incrédula, pero… te acepto. ¿Cómo no iba a aceptar a lo mejor que me ha pasado en la vida…? A pesar de lo ocurrido, me has liberado de lo que me hacía daño. Podríamos habernos ido y dejado a todos atrás, pero te enfrentaste a ellos y les hiciste pagar por todo el sufrimiento que pusieron sobre mí. Te amo, te amo, te amo… – iba diciendo mientras lo comía a besos. De pronto introdujo sus manos por mi camisa y acarició mi espalda. Oh, frío sobre mi piel caliente. Me excitó muchísimo el roce de su piel con la mía. Me lamió el cuello y mordió un poco, clavándome sus colmillos que, al ser tan afilados, su roce ya cortaba. Unas gotitas de mi sangre se derramaron, y él las saboreó como quien saborea la ambrosía de los dioses. Entonces pareció volverse loco. Me miró con ferocidad. Ah, su mirada era pasional y salvaje. Arrancó mi blusa con su fuerza, dejando mis senos al aire. Los succionó como si no hubiera un mañana, a la vez que con dulzura y ternura, y me lanzó sobre la cama. Saltó y se colocó sobre mí. Entonces se quitó la ropa, dejándome ver su cuerpazo, excitándome aún más de lo que ya estaba. Íbamos a hacer el amor, sí… Mi corazón se aceleró. Lo quería… dentro de mí. Me quitó el resto de mi ropa, dejándome desnuda por completo delante de él, y se desnudó. Entonces se produjo la magia. Me penetró, y sentí una explosión dentro de mí. Me miró a los ojos, gimiendo mi nombre, a la vez que yo el suyo. Me dijo que me amaba, que yo lo era todo para él. Me hizo sentir como nunca nadie me había hecho sentir. Se agitaba sobre mí con una gran pasión. Le estaba… Le estaba quitando la virginidad. Eso me humedeció aún más. Me besó los labios, me acarició el cuerpo. Gimió, contrajo su rostro de placer. Lo besé, inundé con mi saliva su cuerpo, y él me inundó de su jugo. Lo sentí y tuve el mejor orgasmo de toda mi vida. La excitación de saber que le había quitado la virginidad, de que estuviera tan bueno, y de que me amase y me hiciera el amor con… eso, con amor… me hizo explotar. Un cúmulo de sentimientos se apoderaron de mí, y cuando nos quisimos dar cuenta estábamos el uno abrazado al otro, desnudos, y llorando de la felicidad…

 

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