Tercera Parte – Capítulo 1

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Capítulo I

 

No podía creerlo… Simplemente… no podía…

No sé cómo no me desmayé al leerlo. No me paré a imaginarlo, sólo lo leía, y, tan pronto acabé, las imágenes llegaron a mi cabeza. No, no. Era como un sueño del que deseas despertar, o como cuando vives una realidad que no quieres y que sólo esperas desmayarte y que al abrir los ojos todo se haya resuelto.

Mi alma me abandonaba. Sentía mi cuerpo vibrar. No podía caminar, no podía reaccionar. Guardé corriendo el diario, cerré el cajón y devolví la llave a su lugar. Tenía miedo, muchísimo miedo. ¿Sería real todo lo escrito, o estaba en su mente? ¿Era en verdad un perturbado?

Tenía que comprobarlo fuera como fuese. Subí a mi cuarto y me metí debajo de las sábanas. Sólo tenía que esperarlo. Pensé en todo. En los horrores que él cometió, en Sasha asesinada, sin que yo pudiera volver a verla nunca más, sin haberme despedido, sin haberle dicho adiós con un beso, o abrazado, o acariciado. Ya nunca dormiría junto a mí, ni estaría ahí para darme mimitos. Aleksander dijo que lo hizo sin querer, ¿sería cierto? No controló su fuerza, pero…, ¿un vampiro? Vamos, ¿en serio? ¿Cómo era posible? ¿Existían? No, tenía que ser una broma absurda. Me gustaban los vampiros, veía muchas películas y leía muchos libros sobre ellos, y me imaginé a mí misma alguna vez como una, e incluso inventaba al galán perfecto en mi cabeza. Pero sólo en mi cabeza, en mi imaginación. Cómo… ¿cómo pudo salir de ahí? ¿Cómo tomó forma, y vida? ¿Cómo…?

No podía soportarlo. Imaginé las torturas que hizo y me sentí realmente débil. Sólo quería que todo acabase de una vez. Volví a pensar en el suicidio. Todo lo que él había hecho me resultaba vomitivo y demasiado pesado. Aun así… lo había hecho por mí. No conocía más forma que ésa, y todo lo que siempre quiso fue amor y aceptación. Pero mi interior… Mi interior se removía confuso e inquieto. Él volvió. En vez de causarme tanta atracción me inspiró miedo. Tenía en su vaso la sangre que me daba. Sí, era sangre, podía verse, se quedaba en el cristal pegada, y sabía a metal. Sangre, sangre… su sangre… Yo ya estaba más lúcida, pero interpreté lo mejor que pude. Entonces le salté:

– Necesito ver la luz. – como si estuviese delirando y abrí de golpe la persiana, bajando la correa, dejando que el sol entrase. Aleksander retrocedió varios pasos, soltando el vaso, rompiéndose en el suelo. Su piel… Sí, era cierto, ardía. Salió del cuarto, y dijo detrás de la puerta:

– Adriana, ¿te acuerdas de mi problema? Lo siento, sé que no puedo hacer mucho con esta mierda, sé que no puedo ofrecerte el día, pero sí la noche. Si quieres puedo dejarte a solas, porque no soporto la luz solar, pero si prefieres que entre sólo tienes que cerrar la persiana.

Mierda, ¿se había dado cuenta de que yo lo sabía? ¿Me mataría si cerraba la persiana?

Pensé en escapar. Miré a mi alrededor. La ventana era lo único que me ayudaría. Había una buena caída, aunque si me colgaba podría sobrevivir. Aun así, leí que él podía estar a la luz del día unos minutos hasta que se quemase del todo. Podría venir a por mí de todas formas. No supe qué hacer. De pronto abandoné. Siendo realistas, ¿a dónde iría? ¿Con mi abuela? Era la única que me quedaba. ¿Y después qué? ¿Contarle a la policía lo que había vivido? No, prefería morir, en vez de huir. Bajé la persiana, él lo oyó, y entró. Me preparé para que me asesinase. Luego me acordé de las torturas. No, yo no quería vivir eso. No… Sin embargo, si me amaba no creía que me hiciera sufrir. Si me amaba, si me amaba, si me amaba…

Y sí, me amaba, porque se sentó a mi lado y me abrazó, arropándome con su cuerpo. Me sentí expuesta junto a él. Me tenía loquita, muy enamorada, a pesar de todo el miedo que me invadía. Me abandoné a mis sentimientos. Miedo, y amor. No quería tenerlo a mi lado en esos instantes, y a la vez lo necesitaba. ¿Qué hacer? ¿Qué hacer…?

Se fue. Estaba segurísima de que me notó tensa. Podía oler el miedo, fijo que sí. Sabría que yo habría leído el diario, o que sospechaba. Sí, fijo, y me estaría dando tiempo para ver si lo aceptaba o no, pero yo eso no lo sabía. ¿Podría aceptarlo?

Era oscuridad, igual que yo. Creí que yo acabaría devorándolo, marchitando su sonrisa, pero él se sentía como yo. Y asesinó por mí, para protegerme, aunque también a mi perrita, aun siendo sin querer. Suponía una salvación, a la vez que un peligro. Si lo aceptaba, tendría que aceptar toda la oscuridad que llevaba. Ni siquiera yo había sido capaz de calmar su corazón cuando torturaba a Santi. Madre mía, Santi… ¿Qué había sufrido? Una tortura que ni mi más retorcida imaginación había planteado. ¿Se lo merecía?

Sí, claro que sí. Si temblaba y dudaba era porque lo que había leído me había afectado mi vena aprensiva. Pero aquel hijo de puta se merecía todo lo que sufrió. Por unos momentos lamenté no haberlo visto, y que no le hubiera arrancado uno a uno los dientes. ¿Lo habría hecho, pero no escrito?

¡Adriana!, ¿qué coño pensabas?

Apreté las manos. Ésa no era yo, no. ¿Cómo podía haberme vuelto tan retorcida y oscura? ¿Cómo podía desearle tanto sufrimiento a alguien? No, yo era buena, yo…

Yo aún no me había aceptado tal cual era, a diferencia de Aleksander. Él sabía qué es lo que era, y se aceptaba tal cual, aunque hubiera luchado contra su bestia interna.

Mi amor, ¿por eso no estuviste cuando te necesité? ¿Porque habrías asesinado a Santi delante de mí y me habría horrorizado?

Te lamentaste de no haberlo perseguido. Sasha seguiría viva si yo te hubiera dejado. Mi princesita, mi niña bonita, nunca volvería a escucharla ladrar, nunca…

Derramé varias lágrimas por ella. Lloré más por mi perrita que por mi madre. ¿Qué clase de monstruo era yo?

No, mi princesa estuvo más para mí que mi madre, aunque me hubiera dejado quedarme en su casa. Y Damián… Te mereces lo que te pasó, por hijo de la gran puta.

No, Adriana, ¡Adriana!

La situación me estaba volviendo loca. Sólo quería gritar, y llorar, y patalear todo. Aleksander, mi amor, ¿qué eras?

– Qué… ¡¿QUÉ ERES?! – grité.

Sólo hubo un silencio mortal, tanto físico como en mi mente. No se oía nada, sólo paz, y de pronto unos pasos subiendo las escaleras. Miré el suelo. La sangre lo ensuciaba. Los cristales los había recogido. Miré la sangre y supe lo que iba a suceder.

Y me equivoqué. Un aullido resonó por toda la casa. Un aullido distinto al que escuché cuando estuve en el bar con Santi casi pegándome. No fue Aleksander. ¿Qué fue aquello?

Los pasos se detuvieron. Otro silencio estremecedor. ¿Qué sucedía? No quería verlo, no, no.

– Te… ¡TE AMOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO! – grité. No lo pude contener. Sí, lo amaba. Había perdido a mi perrita porque él escondía un monstruo, pero había querido protegerme, y me había salvado de todo. ¿Me transformaría? ¿Seguiría conmigo? ¿Me abandonaría? No lo sé, no lo sabía, no sabía nada. Sólo quería que se asomase por la puerta y me abrazase y me besase. Era un monstruo, y quizá me condenaba a una vida oscura y siniestra, pero ¿qué importaba? Sólo su sonrisa. Él me hacía feliz. Pero, ¿mi perrita?, ¿y las muertes?, ¿y el hecho de… que era un vampiro? Me asusté, y más. La puerta no se abría. No, ¿y si no era Aleksander el de los pasos? Los escuché de nuevo. Se alejaban, se iban. ¿Quién eras? ¿Quién era? Sentí verdadero miedo. Otro aullido entró por la casa. Un escalofrío me recorrió. ¿Estaría alucinando? ¿Y si todo era un burdo sueño? Me metí debajo de las sábanas, con muchísimo miedo. Sólo quería refugiarme, que todo pasase de una vez. Nada más. Los pasos dejaron de oírse. Se había ido. ¿Eras Aleksander, o quién eras?

O mejor preguntado, ¿qué eras…?

 

 

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