Segunda Parte – Capítulo 4

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Capítulo IV

 

Ah… cuantísima calma… cuantísima tranquilidad. La única parte de mí que aún latía rabia era la que deseaba matar a Santi. Pero ya te tocaría, maldito bastardo. Por mucho que quisieras huir, te acabaría encontrando. No sabes la de dinero que poseo. No sabes el depredador que soy. Fuiste a meterte con quien no debías…

Pero no era momento de pensar en él, sino en disfrutar mi tripa llena, mi cuerpo lleno de vida, y la sangre esparcida por toda la mazmorra. No quise que Adriana siguiera esperándome sin saber nada de mí. Salí de allí, me colé a hurtadillas en mi propia casa, y me duché y vestí en un baño alejado de su habitación con la esperanza de que no me encontrase. Todo se ensució a sangre. Tenía la ventaja de que al menos aquel baño estaba cerrado bajo llave. Ya lo limpiaría. Primero tenía que ver a mi amada, a quien echaba muchísimo de menos. Ya era oficial, vivía conmigo, y no quería pasar ni un minuto lejos de ella. Miré el móvil y vi varias llamadas perdidas suyas, junto a otra del diseñador. Mi pobre niña… Llamé primero a aquél para confirmar si tenía los trajes, y así resultó ser. Corrí como nunca antes hasta su fábrica. Quería tardar lo menos posible para no preocupar a mi niña. Revisé los trajes. Eran perfectos.

– Eres un artista. – le dije.

– Con todo lo que me pagaste, como para no serlo.

– Pero se ve que lo llevas en la sangre. Toma, una pequeña propina. – le pagué doscientos euros que llevaba en el pantalón. En comparación a lo que le había pagado no era gran cosa, pero aun así sus ojos se encendieron y me lo agradeció con una amplia sonrisa. Parecía yo un rico excéntrico repartiendo dinero, y más aún con las pintas que llevaba y todo el sudor cayendo por mi cuerpo. Pero lo mejor era la sangre recién tragada recorriendo mi cuerpo enrojecido. Cogí los trajes en bolsas de plástico, me organicé, y las llevé todas hasta casa. Los guardé en otro cuarto a hurtadillas, y luego entré por la puerta.

Al llegar se asustó, mi pobrecilla, y, a cambio de no haber sabido nada de mí, la acompañaría a una cita doble con una amiga suya y su novio. Le dije que estuve haciendo ejercicio por ahí y que me tuve que cobijar en una casa para que no me diera el sol. Ejercitándome canalizaba mi ira. Si hubieras sabido la verdad, mi niña, ¿qué habrías hecho? ¿Huir aterrorizada…? Habría sido lo más lógico. No quería aprovecharme de tus besos, de tu amor, de tus brazos, no. No quería que te enamorases más de mí para luego romperte el corazón. Sólo quería darte todo el amor del mundo para que al final me comprendieses y poder contártelo todo. Supongo que habiendo sufrido tanto, quizá llegarías a apreciarme y a aceptarme. Si no… tendría que volver a huir de esta ciudad, y a esperar que no contases nada y me olvidases. No tengo poderes mentales, mi niña. Nunca te obligaré a nada que no quieras…

Llegamos a aquel bar decadente después de haber organizado yo los vestidos a escondidas y nos sentamos con aquella pareja. Otros humanos más, no les vi nada de especial. Eran guapos, y la chica, Silvia, se fijó demasiado en mí. Pareció como si se hubiera quedado prendada en el preciso momento en el que sus ojos se posaron sobre mi aspecto. Yo soy guapo, sí, pero madre, lo de aquella mujer fue… ¿Qué demonios le pasaba? ¿Por qué tantísima fijación, teniendo ella novio, y estando yo con Adriana? ¿Sería envidia? ¿Sería que no se creía que su amiga estuviera con alguien como yo?

Sin esperarlo, aparecieron los chulitos de la clase de Adriana. Joder, de la noche a la mañana había conocido a la mujer más bella del mundo, pero que estaba rodeada de escoria que necesitaba ser purgada. Dijeron una frase que ni quiero escribir sobre estas páginas pero que me enervaron a un nivel demasiado alto. Ah, mi sangre ardió. Lo bueno es que me había alimentado hacía poco, que si no podría haber saltado. Pero, un momento… ¿Qué era ese olor? ¿Qué era aquella fragancia? Los imbéciles aquéllos retrocedieron y se marcharon, amedrentados por mi mirada. Pero pude oler a alguien a quien no había mirado cara a cara aún. Era… ¡Santi!

Ah…

Sangre…

Sangre…

Mi instinto animal… otra vez… no… No… no delante de Adriana… No… No… No…

Sangre…

Sangre…

Dios…

Iba a explotar de nuevo. Iba a lanzarme sobre él y descuartizarlo delante de todo el mundo. No podía contenerlo. Mi rostro era el de una persona conteniéndose dolor. Lo contraje, y me fui corriendo de allí. Intenté llevarme a Adriana, pero quiso esperar a su amiga que había ido al baño. No… Aquella cosa se acercaba… Me tuve que ir sí o sí… Lo siento, Adriana. Nunca podré pedirte perdón las suficientes veces por haberte dejado allí. Lo siento en el alma. Lo siento muchísimo. Te abandoné, no hay otra explicación. Te fallé. Pero… no quería que vieras lo que era yo, no quería que me descubrieran. No… no…

Te amo, y lo siento, porque lo escuché todo después. Santi te golpeó. Siento que tuvieras que pasar eso de nuevo. Mi sangre me hervía. Sólo sentía oscuridad, odio y rechazo por mí mismo. Ah…, no…

Sangre…

SANGREEEEE…

El novio de Silvia defendió a mi amada. Hizo lo que yo no me atrevía a hacer. Yo lo habría matado… No quería matarlo enfrente de mi amada, no. No, mi niña no podía ver el monstruo que era yo. Ella estuvo saliendo con uno y sufriendo, y ahora estaba con otro, y sufriría… Sí, y mucho… Yo no valía la pena. Yo…

Mi manada…

Mis… amigos…

Soledad…

Soledad…

So…

– Auuuuuuuuuuuuuu. – aullé, como un lobo. Todo el ruido dentro del bar cesó. Adriana salió, asustada, con la mejilla roja. No podías seguir sufriendo, amor. Nunca más, no, no…

Nos fuimos de allí y llegamos a casa. No quise retrasar más la sorpresa. Se merecía algo de felicidad, de alegría, después de aquella mierda de noche, y le mostré el armario donde tenía toda su ropa. Sus ojos se encendieron. Qué feliz me hizo verla así, tan contenta, con esa amplia sonría que sólo ella tenía. Qué bonita era…

Y a la mañana siguiente le dije un destino, un lugar a donde ella siempre había querido ir. Eligió París, cómo no, la ciudad del amor. Yo había estado un par de veces, aunque nunca de forma romántica. La vería desde otra perspectiva. Ella salió a jugar con su perra, y luego me habló sobre Santi, y que agradecía no haber tenido un hijo con él. Me alegró saber eso, pues yo pensaba igual, aunque me tocaba el nervio sensible que mencionase a semejante esperpento. Y, entonces, reservé los billetes, hicimos las maletas, y nos fuimos a esa espléndida, y tan típica, ciudad…

 

¿Qué decir de nuestra estancia allí? Visitamos el Louvre, fuimos a la opera Garnier, hicimos turismo, iba a devorarme en la cama pero le confesé que soy virgen, y subí a la torre de Notre Damme con ella subida en la espalda para luego tocarle el violín. Lo normal, ¿no?

Ella pareció apreciarme más, en el sentido de que me veía como algo único y precioso. Sí, claro, porque suponías que tenía unos veinte años, pero si hubieras sabido que tengo como cuatrocientos, ¿no te habrías reído de mí? ¿No me habrías considerado un fracasado? Oh, vamos, si a la edad que aparento ser virgen la sociedad ya lo considera de fracasados, ¿cómo no teniendo siglos de antigüedad?

Pero quería encontrar a mi alma gemela, a mi compañera en este incierto camino que es la vida, antes de entregarme en la cama. Algunos lo ven como placer, otros como algo divertido, otros necesario, otros secundario, otros lujuriosos, otros beatos. Yo siempre lo vi como algo no necesario, aunque tuviera deseo de vez en cuando. Mis orgasmos venían cuando la sangre de mi enemigo salpicaba mi cuerpo. Supongo que ahí calmaba mi excitación sexual. ¿Si hubiera tenido sexo, habría calmado mi sed de sangre? Tantas preguntas me vinieron de repente. Me hizo dudar mucho sobre mí el confesarle mi virginidad. Nunca lo había hecho, y me sentí bastante avergonzado y molesto conmigo. Esperaba dar la talla cuando llegase el momento. Me fastidió que ella estuviera mancillada, pero yo le haría el amor como nunca se lo habían hecho.

Recuerdo esa noche, después de la ópera. Ella estaba despampanante con uno de los vestidos que yo le regalé. Madre mía, qué pedazo de mujer tenía a mi lado. Qué pechos tan suculentos, qué curvas tan bien proporcionadas, qué carnes tan sabrosas para probar. Dios, ella me excitaba tanto… pero aún no era el momento. Primero tendría que saber que yo soy una bestia, y luego, si decidía seguir conmigo, quién sabe…

Ah, y lo de Notre Damme, ¿qué decir? Un poco idiota de mi parte. Era imposible que alguien como yo hubiera escalado con una mujer a cuestas. Pero mi fuerza sobrehumana me lo permitió. Sí, fue una noche bonita y mágica, junto a la Torre Eiffel. Estuvo bien el viaje, sí. Desconectamos, pero al volver… su risa se borró de nuevo.

¿Qué tenía aquella ciudad que la amargaba tanto? ¿Qué maldición nublaban los sentimientos de mi niña?

Lo primero que hicimos fue ir a ver a su perrita. Cómo no, se asustó al verme, y me ladró, y yo las dejé a solas. Le propuse que viniera a vivir con nosotros, que se quedase en el jardín. Tenía fe en que con el tiempo dejase de ladrarme. Todo fuera por la sonrisa de Adriana y su felicidad. Pero no tenía que haberlas dejado a solas, porque Santi apareció, y cuando volví me encontré a Sasha, su perrita, en el suelo herida, y Adriana asustada. Ah, maldito hijo de puta. Te habría perseguido hasta el mismo Infierno si Adriana no me hubiera detenido. Tenía que haber sido ese momento en el que te raptase y te trajera hasta mi mazmorra. Tenía que haber sido entonces. Joder, tenía que haberlo hecho…

Adriana prefirió dejarle a su abuela la perrita para que la hiciera compañía. No cuestioné su decisión, y volvimos a casa, aunque yo en mente sólo tenía un objetivo: acabar con Santi. Lo haría al día siguiente, sin duda. Lo raptaría, lo llevaría a mi mazmorra, y dejaría volar mi imaginación hasta matarlo…

De noche, le dije que ella tenía que volver a clase. Se negó por completo, asustada. La animé a enfrentarse a sus pesadillas, a sus miedos, a sus tormentos. Si ella lo hacía, si se volvía más fuerte que ellos, yo no tendría que asesinarlos. No mataría a seis chavales, y así no tendría que mudarme a otro sitio. Ella sólo tenía… que ser valiente.

Y lo fue, y mucho, y nunca expresaré bien lo orgulloso que estoy de ella, pero no le salió bien. Le pegaron. Y cuando volvió y vi su nariz llena de sangre seca…. Dios… Qué hambre me entró. Qué bien olía.

Sangre…

Sangre…

Sangre…

Y cuánto odio en mi corazón…

Oscuridad…

Oscuridad…

Sangre…

Ah…

Sólo quise ir a por ellos. Ir a matarlos, a descuartizarlos, a acabar con cualquier trozo que quedase de ellos. Dios santo, ¿por qué mi piel no aguantaba el sol? ¿Por qué, siendo genéticamente superior a un humano, los rayos de luz me quemaban? Incluso los rayos reflejados de la luna me quemaban, aunque en vez de darme dolor sólo me daban una molestia y me hacían brillar un poco. Pero cualquier tipo de luz me dañaba, por poco que fuera. ¿De verdad era una maldición? ¿No era evolución?

No pude ir a por ellos. No pude asesinarlos, y, para colmo, grité a Adriana. Me sentí como una sucia mierda putrefacta. 

Ay, mi niña, lo siento. Siento que tengas que aguantar siglos de dolor, de soledad, de cansancio, de penurias. Estaba cansado, muy cansado. La historia siempre se repetía. No podía huir de los problemas, pues yo era el problema. Yo, y mi maldita manía de querer solucionarlos asesinando a todo el mundo. ¿No habría sido mejor dejarlo estar? Eran tontos, jóvenes, ya madurarían. Pero no… no podía perdonarlo. Adriana, tenía que convertirme en una bestia. Tenía que descuartizarlos para protegerte a ti. Clavarles mis garras y rajar sus pieles escuchando sus gritos de dolor. Dios, ¿por qué lo necesitaba tanto? ¿Por qué necesitaba sufrimiento ajeno para calmar mi odio…?

Siempre te había pedido ser más fuerte, pero yo no podía serlo… Tan pronto cayera la noche saldría a por ellos y sucumbiría a la tentación, y sumaría más condena a mi estancia en el Infierno. Porque no podía evitarlo. Porque era una bestia sin correa y sin educar que arrasaría con todo lo que encontrase en el camino. Porque no podía evitarlo, ¡no podía! ¡NO PODÍA!

¡MI ALMA, MI CUERPO, MI SANGRE, ME LO PEDÍA! ¡MIS GENES, MI SED, MI VIDA!

Dios, ¿por qué? ¿Por qué tuviste que hacerme así? ¿Por qué permitiste que humanos matasen en tu nombre? ¿Por qué permitiste que me torturasen? ¿Por qué hiciste que mi creador me encontrase? ¿Por qué creaste esta raza? ¿Por qué yo? ¿Era parte del destino? ¿Era parte de algún plan? ¿Mi maldad era necesaria? ¿Estaba justificada, o sólo eran unos traumas? ¿O es que era malo por naturaleza?

¿Acaso era malo yo? No nací malo, no… la gente me hizo así. ¡ME HICIERON ASÍ!

¡UNA BARATA EXCUSA PARA JUSTIFICAR MIS CRÍMENES!

¡EN VERDAD ERA POR MI CAPRICHO Y MI ODIO Y MI IRA Y MI… AAAAAH!

Mi creador se fue a descansar. No sé en qué cripta estará enterrado, pero no volveré a verlo nunca más, estoy seguro. Mi vida necesita un fin cercano. Viviré con Adriana hasta que envejezca, y moriré junto a ella. No quiero más sufrimiento, no. Pero…

Es que…

NO…

PUEDO…

¡EVITARLO!

 

Necesitaba la puesta de sol. Fingí tranquilizarme construyendo la caseta para la perra de Adriana. Se excitó viéndome, sé que lo hizo. ¿Te excitarías viendo cómo torturo a mis víctimas, cómo las asesino?

Joder, porque es que era lo que pensaba cuando serraba la madera. Pensaba en sus extremidades, como el brazo de Damián, al que separé del resto del cuerpo. Lo necesitaba ya.

Fuimos a por tu perra. Después, iría a por ellos, los mataría, sí… A todos. Tus compañeros, Santi, todos…

Pero…

Pero…

JODER

El imbécil de Santi había secuestrado a tu perra. Joder, joder, y joder. ¿Tanto costaba habértela llevado el día anterior? ¿Tanto costaba haberla cogido, y dejado en casa? Joder, y todo para contentar a una maldita vieja chocha. Mierda, ¡MIERDA! ¡TANTO PUTO ODIO EN UNA NOCHE!

Fuimos en búsqueda del imbécil ése, y me quedé en la verja de su casa, mirándolo con rabia, doblando, sin darme cuenta, los barrotes. Si hubiera querido los habría roto en el acto y me habría lanzado a por él. Pero no era así como quería que Adriana supiera lo que yo era. Y, además, no sabíamos dónde estaba Sasha. Me pareció increíble que yo tuviera tanto temple. Que estuviera delante de él, mirándolo a sus asquerosos ojos sin lanzarme a su cuello para separarle la cabeza. JODER, ERA LO QUE MÁS DESEABA EN EL MUNDO. CREO QUE EN MI PUTA Y CONDENADA VIDA JAMÁS HABÍA SENTIDO TANTO ODIO POR ALGUIEN. UN MALDITO HUMANO, ¡UN PUTO HUMANO, MÁS VIL QUE MUCHOS DEMONIOS QUE HABÍA ENCONTRADO!

Dijo cosas horribles. Quería que fuéramos a verle el día de su boda, que viera cómo era feliz con su nueva pareja, como nunca lo fue con Adriana. Y entonces electrocutó las puertas, dándome un simple cosquilleo, pero tirando al suelo a mi amada. No, ¡NO! ¡A ELLA NO LA HARÁS DAÑO, BASTARDO! ¡NO, NO, Y NO!

Me acerqué a ella a socorrerla y a intentar tranquilizarla. Ese desdichado nunca sería feliz. No, después de las cosas que hizo. Yo me encargaría de hacerle sufrir. Pero no por ello, sino porque, aunque lo hubiéramos dejado vivo, habría sido toda su vida un desdichado. Mas después de ese día me encargaría que no hiciera daño nunca a nadie más.

Y, aparte, mi niña, tú conseguiste estar conmigo. Yo te hago feliz, ¿no? Yo… ¿te hago feliz? Dime que sí, mi niña. Yo… te amo…, y sólo quiero tu felicidad. Yo… sólo quiero tu bienestar. Tal fue mi preocupación por ti que todo el odio desapareció unos instantes, en los que quise rescatarte y ponerte a salvo. Te traje corriendo a casa, y te di de beber unos sorbos de mi sangre. Pero sólo un poco. Te necesitaba algo invalidada unos días, de reposo en la cama, sin que vieras lo que iba a hacer…

El odio volvió. Toda la oscuridad me devoró. Me convirtió en un siervo de las tinieblas. Me engulló por completo, hirviendo mi sangre como nunca antes. Oh, iba a disfrutarlo, y mucho. Iba a desahogarme, y a ello fui. Dios, tantísimo odio no podía ser bueno. Tantísimo odio era… inhumano. Eso era yo, una bestia inhumana…

En cuanto te dejé en la cama durmiendo desaparecí. Entré a casa de Santi en sigilo, de noche. Tenía una buena parcela. Vivía con sus padres, pero su madre no estaba, y su padre dormía. Me aproximé a su cuarto cuando un perro me ladró. Sasha, ¡era Sasha! Estaba mirándome, ladrándome. ¿Qué haces, boba? Me vas a delatar, él me va a ver. Bueno, ¿y qué importaba? Que viniera, sí, que yo iba a retorcerlo hasta convertirlo en nada. Pero la perra… ¿por qué? ¿Por qué hizo eso? ¿Por qué saltó hacia mí para morderme? ¿Le debía lealtad a Santi por el tiempo que estuvo con él? ¿Me confundió con ese energúmeno? ¿O se sentía sola y asustada y me vio como una amenaza? No lo sé, pero mi odio era tal que no pude controlar mi fuerza, y tan pronto se me abalanzó extendí el brazo hacia ella agarrándola y partiéndole el cuello sin quererlo. Su vida cesó entre mis manos. Alguna vez había matado a animales, y me había sentido fatal. Y ahora, escribiendo estas palabras, me arrepiento con dolor, desdicha, y tristeza. Maté al único apoyo emocional que Adriana tuvo durante años. Maté al ser al que ella quería. Si algún día se enterase, jamás me lo perdonaría. Pero se lo tengo que contar, sí, aunque sé que siendo vampiro y un asesino, y culpable de la muerte de su perra, no me perdonará nunca, pero yo me hago ilusiones con envejecer junto a ella y morir a su lado, con amarla para siempre e intentar hacerla feliz, aun con eso, pues yo no tuve la culpa. Sólo era una masa de odio carente de pensamientos que no se controlaba a sí mismo. Me arrepiento, mucho, y lo siento, lo siento, y lo siento, pero…

en ese momento no me importó…

no…

Lancé el cuerpo sin vida de Sasha a un lado, sin molestarme por ella, sabiendo que su corazón dejó de latir, y rapté a Santi, desmayándolo previamente. Lo traje a la mazmorra, lo encerré, y luego fui buscando uno a uno a los compañeros de clase de Adriana. No sé cómo lo hice, pero me armé de paciencia y calmé mi voz para que no sonase como la de un animal y llamé a mi contacto, a quien le entregué una suma cuantiosa por información y silencio. Tarde o temprano sabría que esas personas habrían desaparecido, y empezaría a tener miedo de mí, pero el dinero todo lo compraba. Quizá también compraría su traición hacia mí, por eso fui más que generoso. Destruí el móvil prepago y cogí a todos los compañeros. Oh, qué delicia. Volví a mi mazmorra. Encerré a Santi en una celda, y le taponé los oídos para que no oyera nada, y le vendé los ojos para que no supiera nada, y le cerré la boca para que no pudiera pedir auxilio. Viviría incertidumbre mientras yo me desfogaba con los compañeros de clase, sí… Guardar los órganos de Damián había sido una idea exquisita. Y tal como ellos humillaron a mi niña, los humillé yo a ellos, sí…

Sangre…

Sangre…

Sangre…

Ja…

Jajajajaja…

Sí…

Sangre…

Muerte…

Qué bien voy a pasármelo narrando cómo los torturé. Pero primero debo ir a ver cómo está mi niña, que aún sigue en la cama.

Ah…

Sangre…

 

 

 

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