Segunda Parte – Capítulo 3

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Capítulo III

 

¿Por qué había enfurecido yo tanto? ¿Por qué aquella reacción?

Fueron celos. Celos de que una vez Santi tuvo su amor, tuvo su cuerpo, tuvo su alma. Ah, celos de que una vez mi niña estuvo entre sus brazos. Grr… Yo era una bestia que tenía que pelear por su hembra. Así me comporté. Casi le muestro mis dientes, mis colmillos, y le gruño. Pero si lo hubiera mirado directamente a los ojos habría acabado encima de él descuartizándolo con mis manos, y eso que mis garras estaban cortadas, pareciendo uñas normales.

Pero Adriana… Ay, mi niña, no te callaste. Me contaste lo que Santi te hizo. Ahí sí que me dolió. Ahí sí que sentí a mi bestia. Ahí sí que el odio me recorrió. ¿Por qué tuve que dejarlo ir? Ah, sí, recordé la tortura que le esperaba. Qué importaba todo. Que viviera sus últimas semanas de vida, porque iba a morir entre mis manos…

No, claro que importaba. Ah…, él… había destruido vuestro hijo. Me avergüenzo de admitirlo pero en parte me alivió saber que nunca habrías llegado a tener un hijo con él. Pero cuando me dijiste que te usó… me imaginé lo peor de lo peor, y la imagen de vosotros… no se iba de mi cabeza…

Sang…

Grr…

Grr…

Mi bestia explotó. Ah, sí… No, Adriana, no debiste haberme contado todo lo que te hizo. No, Adriana, no… Fue un gran error. Mi demonio interno salió a flote, y me pidió sangre, y sangre, y más sangre. Alargué mis manos y apreté con suavidad tu cuello. No quería hacerte daño, lo juro, sólo hacerte dormir. Adriana, era el momento de que te solucionase la vida. No aguantaba más. No, no pude. Mi cuerpo me pedía sangre. Mi corazón latió rápido. Necesitaba vida. La necesitaba ya. Sangre fluyendo por mis manos, por mi cuerpo, por mi estómago. Ah…, Dios Santísimo, ¡cuantísima hambre! A medida que ella habló más, mi bestia se volvió más rabiosa, más salvaje. Adriana, apreté tu cuello para que quedases dormida, como hice con tu princesa. Lo siento, siempre lo sentiré. Jamás quise hacerte daño, pero tampoco quería que vieras la bestia que era yo. Te llevé a casa y te acosté, y entonces salí al bosque. Corrí entre los árboles hasta llegar a la civilización, y busqué la casa de Santi. Todo el sufrimiento del mundo sería poco comparado con el que ibas a experimentar, maldito cabrón. Pero… pero… ¡NO HABÍA NADIE EN TU PUTA CASA!

¡¿DÓNDE COÑO ESTABAS?! AH, MALDITO MALNACIDO. No llamé a mi contacto porque no averiguaría nada al instante. Seguramente estuviera con su novia, o de fiesta por ahí, o yo qué sé, pero mi bestia me pedía sangre. Ah… Salivé como un animal, y entonces fui a casa de Adriana.

Su padrastro estaba maltratando a su madre. Era hora de ponerles fin. Rompí la ventana e irrumpí la sesión de maltrato. Hacía muchísimo que no era así de rudo, pero el hambre me lo pedía. El hambre y el odio. Cogí la cabeza de aquel hombre y la estampé contra la pared. Temí habérsela roto y haberlo matado, pero, para mi suerte, seguía vivo. La madre se quedó mirándome como si viese algo normal. Estaba demasiado colocada como para asustarse. La ahogué con mi mano izquierda mientras con la derecha sostenía al imbécil, y entonces los saqué de allí. Un loco corriendo en mitad de la ciudad y luego por el bosque con dos cuerpos en ambos brazos, eso era yo. Me moví por las sombras o las azoteas de los edificios y llegué a mi casa. Me habrían visto, seguramente, pero lo atribuirían a su imaginación, pues me encargué de hacerlo muy rápido.

Y entonces busqué la entrada secreta a mi mazmorra. Sí, está oculta, un poco alejada de la casa, tapada entre matorrales. Oh, qué placer fue entrar y oler la sangre seca de antaño. Cogí unos grilletes y encadené al padrastro y a la madre. Las cadenas colgaban del techo, y ellos quedaron suspendidos en el aire con los brazos hacia arriba, y las piernas dobladas sobre el suelo. Jajaja, ahí los tenía, sí… Qué gran placer me dio verlos así. El maltratador violador y la drogadicta indiferente. ¿Cómo podías abandonar a tu hija? ¿Y tú, cómo podías ser tan asqueroso? Pero qué importaba, si yo en el fondo era parecido a ellos. Disfrutaba aquello, sí…

Mis tripas rugieron. Me aseguré de cerrar bien la mazmorra, con el poco aire que había dentro y el hedor a muerte que a mí me encantaba. Aproximé mis colmillos hacia el cuello de aquel hombre de tez morena, más incluso de lo que yo alguna vez tuve, y fui a hincárselos cuando me dio tremendo asco. Me separé, agarré un cuchillo, y se lo clavé en la carne. Despertó del dolor. Gritó. Sí, grita cuanto quieras, la mazmorra estaba insonorizada. A pesar de que las paredes fuesen de piedra, sólo hacía eco dentro, pues después de la piedra la había acolchado, y luego vuelto a poner piedra para recordar viejos tiempos. Y, aparte, estaba en el subsuelo, en mitad de un bosque abandonado que ni los guardias forestales se molestaban en revisar.

Preparé las herramientas de tortura, los cuencos donde se derramaría su sangre, y los cuchillos y sierras que utilizaría.

– Ah…, imbéciles. ¿Cómo osasteis hacerla daño? ¿Cómo pudisteis amargarla, con lo bella que es? Es un sol de mujer. Tú, dime tu nombre.

– ¿Quién eres, pendejo? ¿Qué me estás haciendo?

– Soy el novio de Adriana, ¿no me recuerdas? Te lancé hacia el otro extremo de la habitación cuando intentabas… Dios sabe qué…

– ¡Suéltame! ¿Qué mierdas quieres, carajo?

– Quiero SANGRE. ¡QUIERO TU PUTA SANGRE SOBRE MÍ! ¡QUIERO BAÑARME Y EMPAPARME DE TU ASQUEROSA, SUCIA, REPUGNANTE Y VISCOSA SANGRE!

Se quedó petrificado. Sintió verdadero miedo, a pesar de que parecía haber pertenecido a alguna banda, supo que estaba rodeado e indefenso, y que sólo le esperaba sufrimiento.

– Te… tengo plata, puedo…

– ¡CALLA! No quiero tu puto dinero. Quiero tu intestino como colgante. Quiero oír tus gritos de dolor, y alimentarme con ellos.

– Pu-puto sádico…

– Sí, mira bien.

En un abrir y cerrar de ojos le partí el cuello a la madre de Adriana. Adiós, para siempre. Clavé mis dientes en ella y bebí su sangre. Ah… maldita heroína. Se la inyectó en vena, y me colocó a mí también. Empecé a alucinar, y a encontrarme en el paraíso. Oh, sí… No sólo era la heroína, era la sangre. Hacía tanto tiempo que no la probaba… Hummm… deliciosa…

Entró en mi boca como si agua fuera. Se deslizó por mi garganta y llenó todo mi cuerpo de vida. Mi corazón dio un vuelco. Tuvo un parón y de pronto palpitó con rabia. Ah… me inundó de sangre… sí… Deliciosa, deliciosa, ¡exquisita!

Bebí, y bebí, y bebí, y no me saciaba, hasta dejarla vacía. Se quedó como un esqueleto, con los huesos notándose bajo la carne.

– ¿Viste? Tuvo una muerte rápida. Me apiadé porque, al fin y al cabo, parió a la mejor mujer de este mundo, y no le prohibió del todo el vivir a Adriana en su casa. Fijo que la quería, pero su drogadicción era mayor. Pero ¿contigo? Uy, contigo, qué bien me lo voy a pasar, jujuju… Dios, jajaja, cómo pega esto. ¡Noto la heroína en mí! ¡Hacía tanto que no bebía de un drogadicto! Es increíble el efecto que causa su sangre. Mi sistema lo eliminará rápido, pero lo disfrutaré. Wo, quieto, Damián. Ah, no, que no puedes moverte, jajaja, que soy yo, que estoy colocado, jajaja. ¡JAJAJA! – grité riendo cuando le clavé un cuchillo entre las costillas en una zona no vital. Gritó de dolor y de espanto. Yo retrocedí un par de pasos, mareado. – Tengo miedo de matarte, Damián. Yo quiero disfrutar esto tanto como tú. ¿Qué coño digo? Tú no vas a disfrutarlo. Je… je…

De pronto me invadió una sensación de bienestar increíble. No quería matarlo. Retrocedí varios pasos hasta chocar mi espalda contra la pared y me senté sobre el suelo.

– Oh, cielos… Voy a volverme adicto a los yonquis… Madreee… Jajaja… qué bien se está… Buah, qué placer, qué sensación, qué… buf… buah…

Iba a quedarme dormido. Y me quedé dormido. Me lo permití. Dejé que Damián sufriera sus últimas horas de vida estando consciente. Lo había atado bien, no se soltaría, pero lo intentaría. Sin éxito, sí… porque mi instinto me hacía dormir estando pendiente de que mi entorno no cambiase mucho, o me enteraría y despertaría. Aunque estando drogado no supe qué pasaría. Mierda, le di una oportunidad para escapar. Qué descuido, joder. Puta yonqui y su sangre drogada. Igual al despertar él ya no estaba, aunque no es que fuera a ir muy lejos. ¿Y si me llevaba consigo? Nah, no podría levantarme, ni cargar conmigo, y menos aún atravesar mi piel para clavarme algo. Dormí a gustísimo, soñando con una piscina de sangre en la que yo me bañaba, y al salir de ella me esperaba Adriana, vestida de blanco con escotazo, al lado de un diván, donde me tumbé y me sirvió sangre desde una jarra, para luego abrirse una vena con una daga y verter su sangre sobre mi boca. Oh, qué delicia de sueño… Fue tan maravilloso, tan fantástico…

Desperté con una sonrisa. Ahí estaba Damián, forcejeando para escapar, con magulladuras en su muñeca. Era de día, conque tenía muuuchas horas por delante con él. Sí… Oh, qué placer, sentir mi corazón palpitar rápido. Y oh, la sangre por mis venas. Y el efecto de un buen sueño, sí… Era todo perfecto. No tenía cobertura para avisar a Adriana. Esperé que estuviera bien. Yo acababa de estar en el Paraíso, para despertarme y sumergirme en otro…

– ¿Qué hacerte…? ¿Qué hacerte…? ¿Qué me pide el cuerpo? Ah… Tantas posibilidades. – en mi mente se extendió un abanico de opciones. Oh, todas me maravillaron tantísimo… Sí… Pero no, las tenía que reservar para Santi. Aquel malnacido estaba muerto, sólo que aún no se había dado cuenta de ello. Iba a centrarme en Damián. Mmm… Cogí una sierra y posé el filo dentado sobre su hombro. – ¿Qué tal si te dejo sin brazo?

Me miró casi llorando. Tenía el rostro contraído de terror y de dolor. Sí, dame eso, ¡DAME TU DOLOR!

Quería ver cómo lloraba, cómo suplicaba perdón, cómo se arrepentía. Quería ver lo expuesto que estaba, como el corderito magullado y perdido a merced de un lobo. Sí… llora para mí.

– Tú, que tan peligroso e imponente eras, mírate, sólo eres una niña suplicante. – imaginé a Santi en su lugar. Sí… A Santi sí que lo forzaría a estar así o peor, y yo sabía cómo. Sonreí de placer salivando y cortándole el hombro a Damián. Gritó como un loco. En menos de tres minutos su brazo quedó colgando sin estar sujeto a la otra parte del cuerpo. Yo agarré su cara y me acerqué: – Felicidades, aún no te has desmayado. A veces simplemente bebo de mis víctimas sin que se den cuenta y me alejo, aunque casi siempre acabo matándolas por accidente, por eso siempre intento matar a escoria como tú, aunque vuestra sangre me sepa a mierda después de todo el alcohol, drogas, y alimentación paupérrima que habéis ingerido.

La sangre cayó del hueco donde debía estar su brazo. No cesaba de salir, a ese paso moriría. Suspiré. Decidí apiadarme de él. Cogí el cuchillo y abrí sus tripas. Arranqué su intestino y rodeé su cuello con él. El cabrón, no sé cómo lo hizo, pero seguía despierto, mirándome, atormentado, rezando a un dios que no lo salvaría por dos razones: una, no se lo merecía. Y dos, los dioses nunca salvaban a nadie. O casi…

Recordé mis tiempos en los que fui torturado y rezaba de su misma forma, siendo torturado con mayor crueldad. Tenía un trauma que no pude curar en siglos de existencia. Por eso buscaba el sufrimiento y las lágrimas de mis víctimas, porque así me sentí yo por el simple pecado de pensar diferente. Cogí su mandíbula y alcé su rostro hacia el mío:

– Tranquilo, en unos minutos todo habrá pasado.

Sangre por doquier. Tanta me abarrotó. Tuve una especie de empacho. Ah, sólo quise que todo pasase, que todo acabara. ¿Por qué? ¿Por qué siempre que torturaba a alguien luego me  sentía mal? Clavé mis garras en la palma de mi mano hasta hacerme sangrar, nervioso, y luego llevé las manos a mis hombros. Entonces evoqué la imagen de Adriana, y de ella sufriendo por culpa de ese hombre. Salté, furioso, hacia él, y descuarticé lo poco que quedaba. Le arranqué de un mordisco el otro brazo, aplasté su rostro contra el suelo hasta desfigurarlo y no quedar nada, y arranqué su cabeza. Entonces cogí sus tripas y empecé a revolver su interior hasta sacarle la mayoría de órganos.

Estaba empapado de sangre, con mi corazón latiendo veloz y feliz, lleno de vida. Oh… dulce placer… y dulce arrepentimiento…

Teniendo en las manos esos órganos se me ocurrió otra brillante idea. Tenía que mantenerlos medianamente frescos. Sí, aún podían serme de utilidad…

Allí me quedé, solo, lleno de sangre, rodeado de dos cadáveres, uno de ellos mutilado. Eso era yo, una vil bestia sin esperanza alguna. ¿Me querría Adriana cuando se enterase de lo que era? ¿Me querría cuando supiera lo que iba a hacer por ella…?

 

 

 

 

 

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