Primera Parte – Capítulo 11

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Capítulo XI

 

– ¿Qué tal estás, mi niña? – me preguntó al despertar. Habíamos dormido juntos y abrazados. Él estaba sobre mí, acariciando mi rostro, mi pelo, y mirándome con una sonrisa. Me estiré sonriéndole.

– Bien, soñé con los vestidos que me regalaste. Sigo pensando que es demasiado para mí…

– Te mereces eso, y mucho más.

Me sonrojé. Lo abracé con fuerza y le confesé:

– Tengo miedo de perderte. Tan rápido como ha venido, puede irse. A veces pienso estar viviendo en un sueño perfecto. Si es así, no quiero despertar nunca…

– Te acabas de despertar del verdadero sueño, mi niña. Esto es real, yo soy real. Mi amor por ti es real. Y los vestidos son reales. – reímos.

– ¿Dónde podré usarlos?

– Piensa un lugar del mundo, no importa dónde. Piensa en una hora, en un día, y lo tendrás. Cualquier fiesta, cualquier viaje, cualquier cosa. Yo te llevaré allí…

– ¡París! ¡Siempre he querido ir a París! Es un lugar tan romántico… Sería un lugar perfecto para ir tú y yo.

– ¿París? ¡Pues vamos a París!

– ¿En serio?

– ¡En serio!

Grité de la emoción. Comentamos el viaje según pasaron las horas. Aún no podía creer lo que íbamos a hacer. Estaba tan emocionada… Viajar hasta París, así, sin más. Era algo inaudito, increíble. De un día para otro, de una frase para la otra iba a cumplir uno de mis mayores sueños. Pasear por París, entre sus jardines, con la persona a la que más amo dados de la mano, visitando cada iglesia, cada monumento, cada museo. Ver la Torre Eiffel… Siempre había soñado con todo aquello, e iba a cumplirlo. Aquel hombre había cambiado toda mi vida sin yo esperarlo. ¿Y si realmente estaba muerta y residía en el paraíso, sólo que no me había dado cuenta? No me importó. Quería disfrutar de aquello lo máximo posible, aun sin preguntarme cómo lo haría realidad. Fui preparando mi maleta cuando en mi mente surgió un pensamiento: Sasha. La tenía abandonada. Se lo dije a Aleksander y me dijo que fuese a verla, que él me esperaría allí. Me dio algo suelto para el bus, muy a mi pesar, ya que odiaba ser una mantenida, pero luego pensé que me había comprado vestidos carísimos, e íbamos a viajar, estando yo de invitada. Me incomodó la situación. Yo no aportaba nada. No quería ser una mantenida. Me había metido en la carrera para demostrarles a todos lo contrario, pero no me estaba yendo bien. Aun así…, era París, el lugar al que había anhelado ir durante toda mi vida. Y encima con el hombre de mis sueños. ¡Era todo tan perfecto que me importó un carajo que me lo pagaran! Quería irme cuanto antes.

Me acerqué hasta casa de mi abuela, pasando otra vez por donde vivía mi madre. Se me hacía raro no escuchar algún grito, o su asquerosa música sonando. Normalmente estaban todo el día molestando a los vecinos hasta la hora en la que por ley tenían que dejar de hacer ruido. Llegué donde Sasha y me abalancé sobre ella.

– Guapa, ¿quién es mi princesita? Pues claro que tú.

– Muy contenta vienes. – me replicó mi abuela mientras yo acariciaba a la perra.

– Sí, es que… me va bien en la universidad.

– ¿Y a la puta de tu madre qué? Con el Damian ése de los cojones. ¿Sigue vivo o le ha dado una sobredosis?

– Sigue vivo, por desgracia. Y mi madre ahí, aguantando…

– Como siempre. Vente a vivir conmigo, y asunto arreglado.

– ¿Me estás invitando a vivir contigo? ¿En serio? – preguntaba atónita.

– Eso he dicho.

– ¿Cómo te ha dado por ahí?

– Pues ya ves, maja. A veces en la vida hay que saber perdonar.

Antes de fugarme con Santi estuve viviendo con ella, pero siempre me recriminó dejarla tirada. De todas formas no quería volver con ella. Hace años era más buena y simpática, pero con los años fue cambiando. Fue volviéndose más amargada, harisca y negativa. No tenía ganas de volver, aunque si sentía que abusaba de Aleksander lo acabaría haciendo.

– Gracias. Dame unos días para pensar sobre todo. Es que estoy hecha un lío.

– ¿Qué te pasa?

– La carrera, mi madre, mi amiga…

– La puta de la Silvia, más zorra… Se ha tirado a medio barrio. Y tú tienes fama de puta también por ir con ella.

– Da igual. – quise decirle que había conocido a un chico, pero con más razón me llamaría puta. – ¿Me dejas dar una vuelta a Sasha?

– Claro, vete con ella. Coge el arnés, hija, corre. Pasáoslo bien.

– Gracias…

Salimos al prado a jugar. Me sentí nostálgica por todo lo vivido con mi abuela. Era muy brusca, directa, y amargada, pero aun así la quería. Era la única persona de mi familia que me tenía un mínimo de aprecio. Y Sasha… Me refugié en ella cuando Santi me llenaba de moratones y me insultaba. Me abrazaba a ella y dejaba que pasasen las horas hasta que aquel cabrón volvía a por mí para seguir utilizándome… Me entraron ganas de vomitar. También pegó a Sasha alguna vez, sólo para torturarme aún más. Me sentí culpable y, avergonzada, dejé de jugar con ella.

– Lo siento, princesa. Voy a ir a un viaje, vuelvo en cinco días, o así. Te quiero…

Después me despedí de mi abuela y regresé con Aleksander, quien me vio mala cara. Acarició mi rostro preguntándome qué me sucedía.

– Estuve pensando en mi pasado, y…

– Y volvió en forma de dolor, en una punzada al corazón.

– Sí… ¿Te cuento un secreto? Cuando me dejó embarazada y me hizo perder al hijo, a pesar del dolor que me causó, agradecí que hubiera pasado. No querría haber tenido ningún hijo de semejante monstruo, aunque en su momento lo consideré el hombre de mi vida, incluso cuando me abandonó.

– ¿Lo agradeciste estando con él, o después?

Dudé antes de hablar.

– Después. Con él seguía queriéndolos. Quizá para no sentirme sola.

– A pesar de que él hubiera sido un padre nefasto.

– Tenía la esperanza de que cambiase si hubiéramos tenido un hijo. Soy estúpida, lo sé, lo sé… – rompí a llorar refugiándome entre sus brazos. – ¡Soy una idiota, idiota!

Comencé a golpearme con el propósito de hacerme daño. Él me detuvo.

– Quieta, no voy a permitir que sigas sufriendo, ni que nadie te lastime, ni siquiera tú misma. Es pasado, ¿no?

– Un pasado que podría haber jodido toda mi vida. Podría incluso no haberte conocido. Podría seguir engañada en mi mentira de que no había nada mejor para mí, de que yo era escoria y merecía ser tratada así, o de que debía ser humillada de esa forma. Pero, pero… mierda, ¡mierda! – lloré como una niña chica, siendo consolada entre sus brazos.

– No derrames lágrimas, mi niña, porque cada lágrima tuya vale un tesoro.

– Eres lo único bueno que me ha pasado en mi vida. Lo único sincero, lo único real, lo único honesto…

Sentí como se revolvió en el sitio. Carraspeó la voz y me dijo:

– Aún hay cosas de mí que no sabes.

– ¿Qué es?

– No te preocupes, mi niña. Te prometo que lo sabrás todo. Ahora vamos a hacer las maletas, y vámonos de viaje. No llores más, ¿de acuerdo?

– Vale…

Sentí en mi corazón un vacío enorme cada vez que recordaba el rostro de Santi, en lo tonta que fui cada vez que lo miraba con amor, en cada vez que me entregué a él como si estuviera haciendo lo correcto, en cuando creí sus mentiras, y en cuando soporté todo lo insoportable por culpa de mi debilidad. Pero aquel vacío poco a poco iba llenándose gracias al amor de Aleksander. Se me hacía imposible haber encontrado a alguien tan bueno en mi vida. Él, que era perfecto, enamorado de una mujer como yo, imperfecta y desastrosa. Silvia tenía razón, ¿qué vio en mí? Él estaría mejor en una chica como ella, más culta, más guapa, más decidida, con más carácter, en vez de una mujer tan indecisa como yo. Pensé que quizá estaba conmigo por su problema por relacionarse con la gente. Al sólo conocerme a mí me aceptó y se quedó conmigo, resignándose a que no hubiera nada mejor. Aunque yo sabía que él me consideraba lo mejor para él, en el fondo no compartía su opinión. ¿Pero qué iba a hacer? ¿Dejar escapar al hombre de mi vida? ¿Prefería que fuese feliz con otra, en vez de conmigo? Creía que conmigo sería un desdichado, un infeliz, pero por una vez en mi vida fui caprichosa y escogí permanecer a su lado, aun para mal suyo. A la mierda, ¿qué importaba todo? Solos él y yo, y París…

Como leyendo mis pensamientos se acercó a mí y me dijo:

– Tu pasado y tu presente son un tormento, pero yo te aliviaré de él. Tú te miras al espejo y sólo ves fango y basura. Lo que no sabes es que tras todo eso hay un gran tesoro que yo fui capaz de ver. He vivido lo bastante como para darme cuenta de que los mejores tesoros se encuentran en los lugares más difíciles. Y, recuerda, yo te amo. Si buscas algo sincero, algo real, algo honesto, graba esa frase en la cabeza. Te amo…

– ¿Cómo haces para leerme la mente?

– No puedo leerla, lo que leo son tus expresiones y tu forma de sentirte. Y te digo de nuevo, yo, antes de ser yo, fui tú. Sé cómo te sientes. No te preocupes, algún día tú también verás el tesoro que yo vi. La diferencia es que tú antes de ese tesoro ves basura, yo no veo basura en ningún lado. Sólo un gran tesoro para la humanidad. Arte hecha persona, poesía en movimiento, música para los oídos. Eso eres tú, mi niña. Te amo, ¡te amo!

Sonreí, y le dije:

– Te amo.

Sí, él lo era todo para mí. Sabía psicoanalizarme muy bien, lo cual me ponía nerviosa, pero a la vez me hacía sentir comprendida y amada. Nos miramos los ojos, nos besamos, y cuando nos quisimos dar cuenta ya estábamos rumbo a París…

 

 

 

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