Primera Parte – Capítulo 9

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Capítulo IX

 

Salimos del supermercado. Ni siquiera sabía qué es lo que habíamos ido a comprar. Todo fue tan… ¿casual? ¿Realmente habría sido una casualidad? Me pasó por la mente, pero no le di importancia, pues Aleksander seguía ahogándose. Volvimos al coche y nos sentamos un momento atrás. Me quedé abrazándolo en mi regazo. Parecía un niño desamparado. Pero lejos de parecerme débil evocó dentro de mí mi instinto protector. Mi instinto maternal que perdí… y lo abracé con fuerza. Aleksander, ¿si tú hubieras sido el padre, qué habrías hecho?

Por alguna extraña razón él se irguió hasta apoyar su cabeza en mi pecho y su mano en mi tripa, como si supiera lo que podría haber surgido ahí. Me molestaba que tocasen mi tripa, gorda para mí, pero él me aportaba seguridad. Quizá por el hecho de saber que a él yo le gustaba… Me sentía segura y protegida. Él empezaba a serlo todo en mi vida. Cada hora a su lado parecía ser un día, o una semana entera.

– ¿Estás bien? – le pregunté.

– Eso debería preguntarte yo a ti. Lo siento por la escena, no me suelo comportar así.

– Si dices que “sueles” es que a veces pasa.

– Sí… No sé si tendré problemas de ira. Jamás haría daño a un ser querido, pero a un enemigo… me dan ganas de arrancarle la cabeza.

– ¿Pero por qué? Él no te ha hecho nada.

– Pero a ti sí, y eres mi niña.

Su frase acarició mi alma en un cálido y acogedor escalofrío. Sonreí, pero le contesté:

– No sabes lo que me hizo.

– Lo intuyo… Estoy seguro de que te ha maltratado, o humillado, o… cosas peores.

Cerré los ojos, recordando todos esos momentos que él describía como si estuviera leyendo mi mente. Casi se me escapa una lágrima de no ser porque en el instante en el que iba a escapárseme él se puso enfrente de mí y me acarició con sus frías manos. Abrí los ojos y me lo encontré con su preciosa sonrisa. Y la lágrima dejó de llevar el verso escrito de “mi vida es una mierda” para llevar el de “soy feliz por haberte conocido”. Nos besamos y el tiempo se nos echó encima. Arrancó el coche y volvimos a casa. Empezó a caer una ligera lluvia. Subimos al primer piso y entramos en mi habitación, abriendo un poco la ventana, en cuyo cristal la lluvia se estampaba relajándonos con su sonido. Nos abrazamos debajo de una manta y comenzamos a hablar:

– Lo siento, no hemos arreglado mucho. – dijo.

– Al menos pude huir de casa. Tengo que ir a por mi perrita… ¿Puedo traerla aquí?

– No sé, creo que no le gusto.

– Suele ser harisca con la gente que no conoce.

– Pero yo no suelo gustar a los animales. – decía triste.

– ¿Qué te ocurre?

– Que soy un ser oscuro que no pudo defenderte de un indeseable…

– No te preocupes, amor… – lo llamé amor, y no reaccionó de forma mala. Me encantó. – Es cosa del pasado.

– Pero cuando lo viste se te aceleró el corazón. Pude sentirlo.

– Ya…, ¿cómo no hacerlo?

– ¿Qué te pasó con él?

Le aparté la mirada, por vergüenza. Pero él se merecía saber la verdad…

– Al principio… las cosas iban bien, pero todo cambió un día… Me fui a vivir con él, dejando a mi “familia” detrás, si es que se le puede llamar familia a un grupo de personas que siempre me ha odiado por lo que soy. Él parecía la solución a mis problemas, pero no fue nada más que otro error en mi triste vida. Él sólo me utilizaba para tener a alguien que le preparase la comida, le limpiase la casa, mientras él se iba fuera, a gastarse el dinero que yo tenía ahorrado en… putas seguramente. – empecé a enfadarme y a temblar. Odiaba recordar esa parte de mi vida, pero tenía que hacerlo. Tenía que resignarme y soltarlo todo. – Era un hijo de la gran puta que me utilizó para su gusto, que se descargó conmigo, que yo creía estar enamorada pero en verdad sólo era una ilusión. Fui una estúpida, una idiota, ¿cómo pude creerlo? ¿Por qué me daba tanto miedo estar sola, volver a mi mierda de casa con mi mierda de familia con mi mierda de vida? ¿Entiendes por qué quería suicidarme? Todo es un asco, todo era un asco. Y él entró en mi vida y sólo la desmoronó más, engañándome y usándome como si fuese un trapo viejo y sucio. Y así me siento, sucia y ultrajada. Todo en mi vida ha sido un error. Todo… menos tú. Tengo miedo de equivocarme contigo, pero me da igual. En poco tiempo, en apenas unos días, ya te has transformado en una parte importante de mi vida. Mírame, ¿qué hago aquí, en tu casa, si apenas nos hemos conocido? ¿Qué hago diciéndote que te amo? ¿Cómo puede ser que tú me hayas hecho sentir lo que no he sentido en años? ¿Cómo es que tú me besas, me miras, me deseas, y me tratas como nunca nadie ha hecho en mi vida? ¿Serás tú otro error? Me da igual, al menos quiero arriesgarme, porque confío en ti, y porque desde el momento en el que me devolviste a la vida te he deseado y me has atraído. Yo… yo… estoy hecha un lío. – sin darme cuenta me había puesto a llorar, hablando en un llanto.

– Quizá yo soy otro error más, no lo sé. Sólo te prometo que haré todo lo posible por liberarte de tu sufrimiento y por hacerte feliz. Y si soy otro error más, el tiempo, la vida y las circunstancias lo dirán, pero yo te prometo que intentaré que no sea así, porque yo también te amo, con mi corazón que late despacio, pero intensamente por ti. – me dijo con sus ojos empañados en lágrimas que no se atrevían a salir.

– ¿Qué has visto en mí? ¿Qué viste, si soy un desastre? – le pregunté ya llorando.

– Me vi a mí mismo… Yo también estuve a punto de saltar en ese mismo barranco. Yo solía ir allí a meditar, y un día decidí acabar con todo. Pero mi amigo me salvó, como yo te salvé a ti, con la diferencia de que mi amigo me vio en la distancia y se temió lo peor, siendo casualidad, y lo nuestro ha sido el destino. Fui allí a meditar, te vi, y supuse lo que harías. Por eso te salvé, por eso me acerqué a ti, y por eso te sostuve momentos antes de que te arrojases a la muerte. Y en el momento en que te vi cara a cara, de cerca, me enamoré de ti, y de tu rostro angelical. ¿Sabías que mientras te veía a lo lejos pensaba “qué chica tan guapa”? Y a la vez pensé que sería incapaz de hablarte, de decirte nada, pero cuando sospeché lo que ibas a hacer… fui a por ti, y ya conseguí la oportunidad y excusa perfecta para conocerte.

Lo abracé con fuerza y pasión. Me encantaba esa historia. Los dos habíamos vivido lo mismo, y el destino nos había juntado. Fuera lo que fuera lo que estuviera ahí arriba, nos había ayudado. Era la parte de mi alma que me faltaba, la sangre de mi corazón seco, el brillo de mis ojos apagados, el pensamiento que dominaba mi cerebro, y la vida en mi muerte. Lo era… todo…

Nos besamos con pasión, y parecía ser que íbamos a hacer el amor por primera vez, pero de nuevo me contuvo. No sé por qué no quería hacerlo. Quizá yo no le excitaba tanto como creía. Pero como leyendo mis pensamientos, como tantas otras veces, me dijo:

– Aún no. No es por ti, es por mí. No me siento del todo preparado… Perdóname, no quiero parecer un calzonazos, o algo por el estilo.

– ¿Qué? No, no seas bobo. – le sonreí y acaricié su rostro. – No te preocupes, ya llegará el momento.

Se me hacía raro que yo fuese la lanzada, cuando siempre había sido la sumisa. Y eso me recordó a escenas sexuales pasadas, y a lo mucho que sufrí.

– Aún no me has contado todo, ¿verdad? – preguntó. Mi rostro desencajado y mi mirada perdida en el infinito le dieron su respuesta. Entonces le dije:

– En una de esas ocasiones, él me dejó embarazada… y cuando se lo conté no lo aceptó, y mostró su verdadera cara. Fue cuando todo cambió. No, no cambió, sino que me di cuenta de cómo era realmente. Un monstruo sin alma. Me golpeó hasta hacerme abortar. Ni me acompañó al hospital, ni me vino a visitar, y cuando volví a casa me hizo la vida imposible. Las próximas veces que mantuvimos relaciones fue por su placer, me usaba y me dejaba. No me decía nunca te quiero, no me besaba, no me abrazaba, casi nunca me miraba a la cara. Me insultaba, me humillaba, me maltrataba, y yo aguantaba todo eso… como la idiota de mi madre aguantaba a los novios yonkis que tenía. Resignada y sin esperanzas de la vida. Acepté cuál era mi posición, y pensé que nunca encontraría algo mejor, que moriría así. Tras haber sido maltratada por los amantes de mi madre, tras haber sido humillada en el colegio y el instituto y la universidad, y tras haber sido golpeada, ultrajada, insultada, y… usada por el que creía el amor de mi vida… sólo me entraron ganas de suicidarme, hasta que apareciste tú, mi salvador… Mierda, mierda. – dije al darme cuenta de su rostro perdido, igual que el mío, con la diferencia de que a él le costaba respirar, como con la escena del supermercado. Se le había hinchado una vena en la frente, y no veía nada. Estaba en shock. – Lo siento, no debería haberte contado esto, no a ti, no así. Lo siento, yo…

– Sssh, no digas nada, mi niña. Sólo relájate. – dijo con una voz profunda y seca que aterraba, pero que a la vez me calmaba. Entonces acarició mi rostro y luego mi cuello con ambas manos.

Sus frías pero maravillosas manos. Cerré los ojos y me besó. Fue un beso extraño, que me sedujo y me invitó al mundo de los sueños. Todo se desmoronó en ese instante. Todo el dolor desapareció. Sólo quedó su amor. Fue como si él mismo me hubiera hechizado con su beso para dormirme, y hacerme sentir cómoda y que todo se desvaneciera. Lo único que veía en ese momento era su hermosa sonrisa en sueños. Pero al despertar él no estaba allí. No estaban sus brazos para arroparme, ni sus besos para animarme, ni su cuerpo para refugiarme. ¿Adónde habría ido mi amado…?

 

 

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